19 mayo 2008

HOMENAJE A GRANADA



Me llamo Diego Blanco de Guzmán. Mis múltiples viajes de negocios me obligan a hacer noche fuera de mi querido Madrid y más de una vez me he visto forzado a pasar las horas a la intemperie, por mi falta de previsión. En una de esas ocasiones estando en Andalucía, me detuve en Granada. Todo allí inspira magia, más que eso… ¡Embrujo! Cada piedra trae a la mente sueños, romance, arte… En Granada hay principalmente contrastes, pero sin dañar la armonía.


Es Granada una ciudad de esencia y refinamiento árabes. Gracias a su poder de sugestión, culturas irreconciliables se aúnan. Desde la colina de la Alhambra se contempla Sierra Nevada y la maravillosa vega hasta el Mediterráneo. En la otra colina, la del Albaicín, al otro lado del Darro, el pueblo se reúne en callejuelas estrechas, cada una con su pequeño jardín. La mejor manera de conocer la ciudad es caminarla, sentirla, respirarla… vivirla.


Recuerdo la ocasión en que, recién llegado a Granada, me volví loco buscando alojamiento en hoteles y pensiones de la ciudad. No lo conseguí y decidí seguir los recovecos de sus encantos. Y absorto como estuve toda la tarde contemplando sus edificios: el Palacio de Carlos V, la Catedral, la Capilla Real, el Monasterio de los Jerónimos… la noche se me vino encima, mientras mis pasos me empujaban inconscientemente a la Alhambra. Mohamed ben al-Ahmar al iniciar la construcción de ese monumento (y más adelante Yusuf I y Mohamed V, continuadores de su obra), quizá sin darse cuenta, fue fundador de mucho más…


Estoy seguro que para quien ha paseado por las calles de Granada de noche, esto que cuento confirmará sus vivencias.


La noche de la que hablo, me frené a las puertas del palacio, envuelto por el más absoluto silencio, como si la herencia de los siglos quisiera detenerse a hacer descanso o a dormir una siesta entre aquellas columnas.


El Castillo Rojo -alhambra en árabe significa eso-, el más grande en hermosura de todos los palacios árabes que se conserva en el mundo, reclamaba ser regalo exclusivo para mis ojos. Hasta el más pequeño detalle está minuciosamente estudiado para producir asombro. Cuando uno llega a la Alhambra se siente conquistador de un territorio virgen. Tal es el duende que emana de aquel edificio, que inspira en secreto el deseo de perder la vida allí dentro; porque morir en la Alhambra es ganar una vida, es sacar fuerza en las ausencias, sentir lo auténtico… Y fue por eso que no reparé en la tenue luz que había a mi derecha, producida por el mechero de un muchacho, de no más de diez años. Su nombre era Yusuf. Me tendió su pequeña mano y a cambio de trescientas pesetas prometió mostrarme esa noche todo el interior del recinto. Acepté sin reparos y al hacerlo supe que aquello iba a cambiar mi vida.


Su desparpajo y resolución me asombraron, en pocos minutos burlamos a los guardas y allí estábamos los dos solos en el interior. Justo en el Patio de los Arrayanes en torno al cual está el Palacio de Comares (el más importante de los seis que forman la Alhambra). Yusuf, superó con mucho, al más hábil e ingenioso guía. Entre explicación y explicación tomaba un respiro y me hablaba de Mohamed, un anticuario amigo suyo, y de los viejos libros cubiertos de polvo que atesoraba en su tienda. Cuando le pregunté de qué se conocían me respondió con su sonrisa fresca e infantil: “¿No lo sabes aún? ¡A los dos nos une nuestro amor a la Alhambra!”. No hubo tiempo de más, porque algo me golpeó la cabeza y perdí el conocimiento.


Desperté sí, pero Yusuf ya no estaba conmigo. En su lugar un anciano me tendía torpemente un libro: “Tratado de medicina por…” (No pude leer bien el nombre del autor, porque resultaba ilegible). Ante la insistencia del hombre accedí a hojearlo y al comprobar la calidad de los gráficos recordé el favor que debía a un amigo médico y eso me animó a comprarlo. No hizo falta más. Miré a mi alrededor y adiviné con sorpresa que el paisaje que se abría ante mis ojos, era el de la vieja librería del anticuario. El cúmulo de polvo y libros así lo indicaba. Quise preguntar a Mohamed por Yusuf y pagar mi compra, pero Mohamed simplemente pronunció: “Alhambra…” y con él se desvaneció ese escenario que había sido su negocio. Ese legado de sabiduría no dejó ni un solo poso en el mundo. Hombre y local se esfumaron como el día invita a la luna a desaparecer.


Una vez recuperado del aturdimiento inicial, torné la mirada al suelo y descubrí el volumen de medicina. Lo cogí y al hacerlo cayó de él lo que yo tomé por un papel con una inscripción en letras árabes. Miré y remiré intrigado aquello, intentando encontrar respuestas a todo lo acontecido, pero no las obtuve. Al menos no entonces.


Sólo después de unos años, por medio de un experto en árabe antiguo, pude traducir las misteriosas palabras de aquel pequeño manuscrito y pude captar la esencia de lo sucedido.


“Jamás algo que no sea en verdad bueno y auténtico, perdura tanto en el tiempo y el alma. El alma no mide el tiempo como nosotros: en siglos o centurias, Diego, tampoco la Alhambra vive el tiempo como tú.
No se puede querer Andalucía sin haber amado antes la Alhambra”
Muhammad I ben Yusuf Ibn Nasar (fallecido en 1273)



La verdad de todo aquello permanece imborrable en mi memoria y a pesar de la distancia y de los años transcurridos, aún me subyuga.

2 comentarios:

MOIRA dijo...

Revoloteo y me encanta todo...
Pero..aisss vanidad...este homenaje me llega al alma..
Gracias..gracias..
Un placer

MOIRA dijo...

Este homenaje me llega al alma..revoloteo por aquí..
Un placer enorme