28 septiembre 2008

DIGNIDAD

Cogió el abrigo verde de cuadros escoceses y salió del piso como alma que se lleva el diablo, sin mediar palabra con quien se quedaba dentro. Una vez en la calle corrió cuanto pudo y no paró hasta que la fatiga le impidió respirar oprimiéndole el pecho. Lágrimas de rabia corrían por sus mejillas y el frío imperante se metía hasta los huesos sin pedir permiso. Las casas tenían la calefacción a pleno rendimiento y quien se aventuraba a salir a la calle, procuraba no demorarse demasiado o aprovechaba a hacer una confortable parada en alguna cafetería. Era una tarde de enero muy desapacible, típica del mes de enero francés. ¡Había que estar loco para estar caminando a esas horas!

Yo no estoy loca-pensó para sí.-Sólo abrumada y dolida. Me siento utilizada.- continuo cavilando, mientras se acercaba al puente que unía el norte y el sur de la ciudad; el barrio pobre con el rico; la necesidad con la opulencia; la supervivencia y el despilfarro. Desde muy niña le habían inculcado los riesgos de atravesar esa frontera y ella, la muy tonta, se había dejado embaucar por las bonitas palabras y caros regalos, dejando a un lado sus más profundos temores, pero sobre todo familia y amigos. Enumeró mentalmente, con franca tristeza, la lista de obsequios que habían llegado a su casa desde aquel primer encuentro. Se sorprendió al comprobar que todo lo que llevaba puesto había sido pagado con dinero de él. De repente se sintió como un pelele… una marioneta a la que querían modelar a capricho, sin tener consideración alguna con sus gustos o su personalidad. Por un tiempo les siguió el juego entusiasmada, pero hoy había vuelto a la cruda realidad y el vendaje había rodado de sus ojos hasta el suelo.
Frenó sus pasos y se detuvo frente a la vieja fuente de piedra, la de la anciana sonriendo. Creyó ver por un momento en aquel rostro labrado, la sonrisa de su abuela y volvió a escuchar su voz diciéndole: “Cuando te enamores que sea de verdad y si se acaba, que ese dolor nunca te venza. Más vale haber amado y haberlo perdido todo que no haber amado nunca”. Se enjugó el rostro con las manos heladas y se juró a sí misma recordar esas palabras siempre. A continuación hizo lo que debía haber hecho hacía mucho tiempo: se desprendió de sus ropas y dejó que las bajas temperaturas acariciasen su cuerpo desnudo imprimiéndole nuevas fuerzas; necesitaba sentirse viva y sentir como el aliento fresco de la calle estrangulaba el resto de sus sentidos. Necesitaba olvidar... Permaneció así durante muchos minutos, bajo la ventisca y el frío glacial. Había nacido un nuevo yo, más fuerte, más firme, más seguro de sí, más rebelde, pero también más auténtico. No volvería a dejarse engañar de nuevo por nadie que manipulase su vida impunemente, pretendiendo que se traicionara a sí misma.
De pronto un deseo acuciante de gritar y correr otra vez acudió en su busca. Chilló y correteó por todo el barrio, entre las pequeñas callejuelas, sin que nadie asomase su cara por las ventanas. Allí estaban acostumbrados a la locura, al miedo de no tener nada ni a nadie, a la tristeza de vivir sin esperanza, sin visos de cambio; a los ruidos extraños… Allí nadie hacía preguntas y nadie era espía de nadie. No había que guardar las formas ni la compostura, la suerte les había dado la espalda y al hacerlo había perdido su derecho a que le rindiesen cuentas. La vida era una dura lección que se escribía con dolor al iniciar la jornada y que sólo se prolongaba en un pequeño paréntesis cada noche hasta que el amanecer tocara de nuevo a la puerta y exigiera su tributo.
Más allá de los oscuros callejos, más allá de la fuente, al otro lado del puente, en el otro extremo de la ciudad… una rubia arrastraba con sus besos y sus caricias, de león enjaulado, al hombre que yacía a su lado, a vivir de espaldas al amor y habitar en la mentira.
— Deja ya de pensar en ella. No te ha traído más que problemas…
— No es cierto y lo sabes.
— ¿Aún lo niegas?, no entiendo cómo puedes estar tan ciego… Te ha sacado todo lo que ha querido y todavía la defiendes. No es más que una puta, una furcia, una simple ramera con sueños de princesa. Más que príncipe debería buscarse un sapo… alguien más acorde a lo que es ella.
— ¡No te consiento que hables así!
— ¿Y qué piensas hacer?, ¿salir tras ella? Hace horas que marchó y no te importó que nos viera juntos. Era cuestión de tiempo que esto pasara. Sabes perfectamente que lo vuestro era imposible. Además siempre has dicho que conmigo lo pasas bien en la cama.
— ¡Apártate de mi vista no quiero volver a saber nada de ti!—coge sus cosas y las arroja al pasillo. Ella le coge del brazo y él se deshace del gesto con un empujón. — Estoy harto de ti y tu superficialidad. Es mejor que tú cien veces; es limpiadora sí. Quizá no tenga unas manos suaves y cuidadas, pero ha demostrado tener más educación y dignidad de la que tú has tenido nunca, a pesar de tus insultos y tu continuo murmurar contra ella. Y aunque no lo reconozcas la envidias. Envidias su ingenuidad ante ciertas cosas y su frescura infantil, pero sobre todo su entereza por no renunciar a ser ella misma. ¡He dicho que te vayas y esta vez hablo en serio! Dame la copia de las llaves. Te aprovechaste el otro día en la fiesta y se las quitaste del bolso. Eres una vulgar ladrona. —le lanza una furiosa mirada.
— Algún día te arrepentirás de haberme echado como lo has hecho ahora y comprenderás tu error. Para entonces será demasiado tarde y desesperado correrás a los brazos de alguien que te escuche más de diez minutos sin bostezar y la llenarás de hijos. Buscas el amor y la felicidad y no existen. Son sólo una ilusión, una invención del ser humano por no quitarse la vida ni arrojar la toalla ante el primer obstáculo. Son un placebo que adorna nuestras cabezas para adormecer el miedo a reencontrarnos con nuestra soledad y nuestros miedos.
— ¡Vete! Si existen o no, es asunto mío. Ten por seguro que desde luego contigo nunca los encontraría. Sólo te quieres a ti misma y al reflejo que ves cada día en el espejo. Eres una calavera que se alimenta de su propio vacío y de su propio ego. ¡Me das pena!
Minutos después, ya solo, mira a su alrededor asustado ante el peso de la decisión que ha tomado, pero también por la espesa sombra del silencio que se cierne sobre él. Nunca se ha sentido tan desorientado como ahora. Coge nervioso el cajetín de tabaco y se dirige al teléfono. Comprende que tiene que hacer las cosas bien y que lo mejor es ir donde comenzó todo. Abandona el apartamento y coge un taxi. “Ella habría ido andando o en autobús”- medita complacido.- Sus propias preocupaciones y pensamientos le impiden atender a la animosa perorata del taxista y responde mecánicamente con monosílabos y leves movimientos de cabeza. Paran en una floristería, a punto ya de cerrar, y coge un hermoso ramo de flores blancas, rosas, amarillas, rojas y moradas (los colores que más le gustan a ella). Al llegar al puente el taxista con su afable sonrisa desdentada, le invita a que baje del vehículo; se niega a conducir al otro lado del puente (la última vez que lo hizo estuvo hospitalizado dos semanas; previene también a su pasajero sobre lo inconveniente de vagar por esas calles solo). El hombre joven y elegante, comprende el porqué y sin gesto alguno de reproche le paga el viaje, no hace comentario alguno por los malos augurios (su decisión está tomada). Mientras el taxista rebusca en su bolso para darle las vueltas; él atraviesa el puente. El conductor grita al cliente indicándole que le falta la devolución. Él con su impecable abrigo negro y su pelo perfectamente peinado se gira y le dice que no es necesario, que se quede con el cambio.
El conductor agradece la propina y mira durante un rato aún, en la dirección por la que se ha marchado su generoso usuario al tiempo que concluye: Ahí va un hombre feliz. Feliz y rico. Rico y enamorado. Gira el volante y mete la primera dejando atrás a su hombre. Entre tanto, calles abajo ya, la bruma borra las pisadas de un hombre que ha decidido prescindir de su pasado y reescribir su destino.

4 comentarios:

*Sechat* dijo...

Éste es un texto que pensé a concurso hace no mucho, con tan mala suerte que se suspendió dicha convocatoria. En fin, para que no cayese en el baúl de las cosas inservibles lo publico hoy aquí, para quien quiera leerlo o criticarlo.

Rafael dijo...

Me ha gustado tu narración, Sechat. El tipo de léxico que empleas es sencillo y fácil de entender; el estilo es elaborado. La tesis que planteas no es novedosa (chica pobre se enamora de chico rico y de sus circunstancias), sin embargo, sabes venderla muy bien y el toque de dignidad, que en un momento dado brota desde lo más profundo de los corazones de ambos, hace que el amor triunfe una vez más.

Me ha encantado lo del consejo de la abuela a ella: "Cuando te enamores que sea de verdad y si se acaba, que ese dolor nunca te venza. Más vale haber amado y haberlo perdido todo que no haber amado nunca". Parece que estoy leyendo a Stendhal (el del síndrome) cuando escribía: "El hombre (o la mujer) que no ha amado apasionadamente ignora la mitad más hermosa de su vida".

Felicitaciones, consonante favorita.

*Sechat* dijo...

Gracias de corazón por tus generosas palabras, por estar siempre al otro lado de la pantalla leyendo y opinando. GRACIAS de verdad, THANK YOU VERY MUCH, DANKE SEHR, MERÇY, ESKERRIK ASKO...

Ananda Nilayan dijo...

Sólo te quieres a ti misma y al reflejo que ves cada día en el espejo. Eres una calavera que se alimenta de su propio vacío y de su propio ego.
Me encanta. Una descripción perfecta que dice mas de lo que parece. Anímate y sigue este relato.Y como Rafael dice que el amor triunfa... danos una sorpresa, por favor!!!
Me ha gustado la manera de ralatar porque se parece al teatro.