13 diciembre 2008

LA MUJER QUE NO SABÍA SONREIR

Bilbao amanecía de un gris plomizo al que ya estaba pesadamente acostumbrada. En el parque las hojas de los árboles dejaban al descubierto la desnuda vergüenza de unos árboles enfermos que reclamaban la atención del consistorio y de algún vagabundo, con algo más de sensibilidad que los ciudadanos de a pie, y que a pesar de la escasez de sus pertenencias, aún tenía tiempo para brindar una mirada de generosa lástima hacia ellos y de alimentar a las palomas que se acercaban a su banco con pequeños trozos de pan duro que su desdentada sonrisa no toleraba.

Virginia siguió su camino de todos los días, durante los últimos siete años, para llegar a su lugar de trabajo. Allí le aguardaban impacientes un montón de papeles, documentos, impresos y todo tipo de archivos que no le daban respiro hasta ser colocados en su correspondiente carpeta, y una pantalla de ordenador que amenazaba con explotar a cada momento. Sabía lo inútil de llamar al servicio técnico o al personal de mantenimiento del edificio o de insinuarlo siquiera a algún compañero. Por eso guardaba, como un maravilloso tesoro, desde hacía varios meses en uno de los cajones del escritorio, un juego de destornilladores y algunas herramientas básicas, así como cello, tijeras, cinta aislante, algún clavo y alguna que otra punta y por supuesto chinchetas y bridas (negras para que resultaran más discretas). No eran muchos los períodos de calma, pero desde luego incluso en los momentos de menor afluencia de público siempre había algo que revisar, recolocar, reordenar… A menudo se la veía bajo el mostrador haciendo malabarismos con el disco duro de la CPU, atornillando la placa por enésima vez en el día. Su problema era que no podía estar ociosa.

Con cierta frecuencia sus compañeros almorzaban juntos o iban a tomar algo a uno de los bares cercanos. Al principio también la invitaban a ella, pero nunca acudió y siempre ponía alguna excusa para no ir; así que con el tiempo, ya cansados de sus negativas, dejaron de insistir. Ella no les guardó rencor por ello. Iba puntualmente al trabajo, cumplía con sus quehaceres y regresaba a casa.

Una casa acogedora, pero vacía de artificios superfluos en su ornamentación. Seguramente muchos de sus compañeros de oficina se asombrarían de ver el delicado equilibrio entre muebles antiguos y modernos que imperaba por toda la casa. Y del maravilloso gusto y mimo con que había cuidado cada detalle de cada habitación, de cada esquina… Su casa era su maravilloso rincón, su tendón de Aquiles también. En ella había volcado su sexto sentido del gusto por lo fino y sencillo. Su gran pasión siempre fue la decoración, a la que tuvo que renunciar por el exigente deseo de sus padres (especialmente de su madre) de que estudiara algo de verdad útil. Su madre era de esas personas que como útil consideran todo aquello que brinde cierta holgura económica, sin importar que ello nos haga infelices. Y sin duda Virginia lo era.

Había sido la mayor de una familia de seis hermanos y siempre tuvo el sentido de la responsabilidad demasiado arraigado en sus venas. Ya de niña supo qué era la soledad porque mientras el resto de niños jugaban en la plaza; ella, acabados sus deberes del colegio, contribuía tanto o más que sus padres al cuidado de sus hermanos: vistiéndoles, dándoles de comer, bañándoles, peinándoles, cambiándoles los pañales, calentando biberones, llevándoles de paseo a los columpios… Nunca hizo reproches por aquello. Comprendió que todos tenían que colaborar y que los mayores tenían que saber renunciar a la diversión. Lo que no podía evitar eso sí, era una punzada de envidia cuando veía a alguno de sus hermanos riendo alborozado en el tobogán o en el balancín o en el columpio del único parque del pueblo. Entonces deseaba por un instante, desprenderse de su papel de hermana mayor y responsable y convertirse en una Virginia más pequeña a la que le colgaran los pies en cualquier silla y a la que una mano generosa le brindara un empujoncito con el que volar en su columpio y tocar con sus manos esas nubes en forma de conejo de algodón blanco. Sin embargo hizo lo que de ella se esperaba. Estudió auxiliar administrativo (no podían permitirse pagarle una universidad, aun si le hubieran concedido una beca). Pagó la academia de oposiciones con su primer sueldo; por entonces trabajaba a las mañanas como empleada de hogar para una familia con dos niños de tres y cinco años, a diez kilómetros de su pueblo (iba a allí con un coche de tercera mano que primero había sido de uno de sus tíos y luego de su padre). Su trabajo en aquella casa se trataba de una mera continuación de lo que venía haciendo desde su infancia, sólo que con esos niños no tenía lazos de sangre que pudieran atacar su conciencia, llegado el caso de dejar aquel empleo. Mientras tanto a las tardes, acudía a las clases y por las noches una hora antes de cenar y otra después de recoger la cocina, estudiaba. No consiguió plaza hasta el segundo intento. Era lejos de su pueblo, pero quizá aquello fuese lo mejor. Necesitaba desvincularse de su pasado y demostrar al mundo, a ella misma y sobre todo a su madre que ella valía para mucho más que para criar a los hijos de otros; que podría ser una mujer madura e independiente (en su fuero interno albergaba más miedo al respecto, que el que se atrevía a confesar). Se puede decir que si hubo un maravilloso culpable de propiciar su marcha, ése fue el párroco del pueblo. Fue él, y no otro, quien convenció a Antonia y Miguel de lo propicio de dejar marchar a su querida Virginia a vivir su vida y a cometer sus propios errores.

Las semanas previas a su marcha, su madre no dejaba de atormentarla con pequeños chantajes emocionales y diciéndole que no cometiera locuras, que no derrochara el dinero y por supuesto que no se abriera de piernas ante el primer chico que le llamara guapa; “los chicos de la capital son muy listos”, le repetía incansable. Se asombraba de la rudeza de las palabras de su madre. Nunca hasta entonces había mencionado el tema del sexo. Lo poco, lo escaso de sus conocimientos sobre ese tema, lo sabía por lo que venía en sus libros de texto de la escuela. Eran, por supuesto, simples conocimientos teóricos. El resto lo que de verdad importaba… más bien lo intuía. Cuando su madre formulaba esos reproches ¿lo hacía porque de verdad la quería y le preocupaba su felicidad? ¿O por que de verdad conocía su ingenuidad y temía que regresara al pueblo con un hijo sin padre y traer la vergüenza a su familia?

Afortunadamente el día de su partida llegó. Todos fueron a despedirla a la estación: sus padres, sus hermanos: Jose Miguel, Jesús Antonio, Ángela, Rafael y la pequeña María. Tampoco el cura, el perspicaz don Matías, faltó a la despedida. Hubo lloros, abrazos, promesas cruzadas y temores encontrados… Todos dibujaban una tímida sonrisa para infundirle ánimos, pero ella no sabía repetirla. Su mueca, era más bien un gesto de asco por su egoísmo, de agradecimiento por la presencia de todos en aquel andén; y de miedo ante la incertidumbre de un futuro que la esperaba a cientos de kilómetros de allí, de aquellas piedras, de aquellas callejas terrosas, de aquellas casas pequeñas y coquetas con balcones desde los que las vecinas observaban y lo sabían todo de una.

Quedaba lejos ese día de hacía siete años en que llegó aterrorizada a La estación del Norte con una maleta en una mano y el miedo ante la incertidumbre tirándole acuciante de la otra. Tras los primeros minutos de agarrotamiento anímico, sacó de su bolso negro la dirección que Don Matías había escrito con pulcra y esmerada letra (letra de cura, bromeaba él). Preguntó varias veces a los ajetreados transeúntes y viajeros hasta que por fin un alma caritativa se apiadó de ella y le indicó por dónde quedaba. Recordó con emoción aquel encuentro con su primera amiga: Karmele. Una chica joven como ella que vivía en el Casco Viejo (un barrio de la ciudad donde estaba afincada la pensión que buscaba) y con la que congenió desde el primer instante, quizá en el momento más transcendental de su vida. Tal vez, por eso ella la llamó desde entonces con afecto “mi pequeño ángel”. Fue ella quien le ayudó a conocer el gran monstruo de piedras grises y asfalto al que llamaban Bilbao (cariñosamente el “Bocho”) y a aprender a no tenerle miedo, aunque sí un poco de respeto. Fue Karmele también quien le enseñó los rincones más conocidos y bellos de una ciudad gobernada por la ría. Fue ella igualmente quien le brindó el abrazo de amiga que siempre le había sido negado y con ella con quien compartió piso a los pocos meses de dejar la pensión recomendada por don Matías. Hizo, por segunda vez en seis meses escasos, la maleta con todas sus pertenencias, pero con más ilusión que en aquella primera ocasión en su pueblo. De Karmele aprendió mucho, pero no a sonreír. Por entonces ya creía que la sonrisa era un don que se le había prohibido. Karmele era vital y alocada en la diversión, pero responsable en sus rutinas y en su trabajo. Vivieron juntas durante tres años, hasta que Roberto apareció en la vida de su amiga. Se hicieron novios (pareja como diría Karmele) y un buen día decidieron casarse. Se alegró por ellos. ¡No podía ser de otro modo, tratándose de su mejor amiga! Pero volvió a sentirse desamparada.

Se habían cumplido casi cuatro años de aquella fecha y de aquella separación. Nunca fue una ruptura. De cuando en cuando los dos venían desde Madrid a visitarla y pasaban unos días con ella en el pequeño piso que inicialmente tuvieron alquilado entre las dos amigas y del que, desde hacía año y medio, había empezado a pagar todos los meses la letra de la hipoteca. En su vida había habido muchos cambios y muchas mejoras desde su recién estrenada emancipación. Había logrado su meta de aquel lejano día en que marchó de su pueblo, para llevar una vida totalmente autónoma y para labrarse un futuro. Ya no tenía el remordimiento que le acompañó aquellos primeros meses de su estancia en Bilbao y que amenazaba con obligarla a tirar la toalla y volver a su pequeño pueblo. No obstante, echaba en falta algo. No eran sólo las cálidas confidencias entre amigas del alma, ni la nostalgia por un pasado que dejó atrás. La soledad se le hacía cada vez más patente, más tenaz, más pesada y sólida. De vez en cuando recibía noticias de sus padres o hermanos y todos, sin excepción, incluso la pequeña María, contaban con amigos o pareja. Eso la asustaba y la bloqueaba. Comentaba por teléfono o por carta y últimamente por mail a su querida Karmele, su espanto a morir sola, a sentirse tan terriblemente desolada como el pobre vagabundo del parque que la sonreía con su desdentada sonrisa cariada. Y Karmele invariablemente le respondía con lo mismo —Tienes que aprender a sonreír y dejar de postergar tus verdaderos deseos. Siempre te ha gustado el mundo de la decoración, hoy es tan buen momento para empezar como mañana; la diferencia está en que si no lo haces hoy, tampoco lo harás mañana. Sonríe y esfuérzate por cumplir tus sueños.

Era una conversación recurrente y retornaba a su memoria como un eco pertinaz. Envalentonada se encaminó al espejo del baño y estuvo practicando durante horas, hasta vencerle las agujetas, una sonrisa. Al principio la mueca era más un gesto de desprecio o extrañeza que lo que ella pretendía; pero no se rindió. Llevó con ella su pequeña televisión con vídeo incorporado y posándola sobre el suelo, repitió una y otra vez las mismas imágenes congeladas, grabadas previamente en la cinta VHS, en que aparecía gente sonriendo. Estudió milimétricamente aquellas caras, el ángulo de la mueca, todo… No podía dejar nada al azar. Hasta que por fin una expresión de alegría iluminó las comisuras de sus labios en un guiño cómplice a la risa. Mantuvo por varios minutos el mohín, pero el cansancio muscular pudo con ella y tuvo que dejarlo. Se sintió dichosa y prometió a sí misma que al día siguiente practicaría de nuevo, hasta que se convirtiera en un gesto espontáneo y sincero.

Se levantó pronto. Desayunó y tras una ducha y la puesta en orden de la casa se dirigió a su oficina. Atravesó como siempre el parque, pero no pudo ver al vagabundo para devolverle una sonrisa. Llegó un cuarto de hora antes, como acostumbraba a hacer, y devolvió cordialmente a todos sus compañeros y todas las personas con las que se cruzó en el edificio el buenos días de rigor. Llegó a su puesto y encendió ceremoniosamente su ordenador. Esperó el chispazo habitual pero no pasó nada. A pocos pasos por detrás de ella, un compañero la observaba curioso.

— ¿Te sucede algo Virginia?
— N.., no — titubeó ella, perpleja de que supiera su nombre. — Es el ordenador…
— ¿No funciona?, ¡Qué extraño! Esta mañana poco antes de que llegaras han venido a repararlo. No podía tolerar que anduvieses hurgando en los cables a riesgo de electrocutarte. — respondió sonriendo.
— ¿Has sido tú?, quiero decir… ¿sabías que no funcionaba?
— Sí… también sé que en el cajón guardas mil cachivaches con que intentar repararlo. Por cierto, soy un maleducado… — se levanta y le ofrece su mano derecha en un saludo. — Me llamo Alberto, trabajo aquí desde hace tres meses y por cierto, tienes una sonrisa preciosa, la pena es que casi nunca la enseñas.

3 comentarios:

Alma azul dijo...

Se dice a veces, que la soledad es lo peor. Yo no estoy tan segura. Quizás no es tan mala. Todo depende de como te lo montes.

Me gustó como está redactado.

Besitos.

amor dijo...

es maravilloso cuando alguien de nuestra vida cotidiana cobra de repente un brillo especial y un atractivo que lleva a más

un beso

s

Metalsaurio dijo...

Me lo leo mañana en el trabajo que seguro que es más interesante que lo que hago :)