17 abril 2010

PARA EL DECIMOCUARTO RETO GENERAL DE NUNCAJAMÁS

Maat, fue la vencedora  del desafío anterior en esta categoría y a ella le tocaba imponer normas para ésta. He aquí la versión larga de mi relato. Veréis subrayadas y en negrita las palabras que habíamos de incluir y resaltados en otro color párrafos que por las condiciones del reto he tenido que suprimir en la versión presentada.
SAQQARA
Como buenos egiptólogos elegimos el 22 de junio, día del solsticio de verano para adentrarnos en los secretos del corazón de aquellas rocas, pues la luz esa jornada tenía un matiz especial, y nos dejamos llevar por el afán de aventura y la emoción de observar con detalle y sin testigos aquellas galerías. Hartos de las aburridas conferencias del congreso sustituimos esa mañana nuestra bata de laboratorio por ropa más acorde a nuestra categoría de exploradores. No importaba el precio a pagar por nuestra osadía.
 
Un grito aberrante casi inhumano, desató nuestros miedos más ancestrales al introducirnos en los confusos y oscuros pasadizos del Serapeum., pero la mayoría (salvo yo) temía al dolor, al sufrimiento, a lo que nos deparaba aquel sitio… nunca a la muerte. Inconscientemente nos apiñamos unos con otros, aunque tratábamos de disimular nuestro temor con muecas de burla y escepticismo. Resultaba imposible que alguno de nosotros hubiese emitido tan angustioso alarido (tanto por la procedencia como por la desazón tan intensa que nos provocó). Más propio de un muerto o de alguien agonizando, aquella certeza de que algo terrible estaba sucediendo a pocos metros por delante nuestro hubiese bastado para salir a la carrera, pero una vez más la curiosidad avivó nuestros pasos. En nuestro razonamiento interno el fundamento ilógico en que se sustenta el pánico se convirtió en una leve gasa con que suplimos la falta de valentía que nos acosaba por momentos.
 
Las sombras que las linternas proyectaban en las milenarias paredes se nos antojaban irreales y terroríficas, y sus formas pesaban en nuestros ánimos de manera palpable sumándose a la angustia general desencadenada minutos antes con el descorazonador gemido. El dios Serapis, desde columnas y jeroglíficos con su arrogante barba reía socarronamente ante las muestras de nuestra debilidad humana y parecía acusarnos de allanamiento con la crueldad con que un bastardo reprocharía su condición a sus padres. Hasta el vuelo de una mosca nos hacía temblar ante lo desconocido. Pero el orgullo unido a la curiosidad dibujaba en nuestras mentes una falsa seguridad que para nada sentíamos, y seguíamos avanzando a pesar de la asfixiante humedad o la penumbra. 
 
Aquellas esfinges que velaban en el corredor por los moradores de las tumbas que había al otro lado, lejos de parecerme inigualables obras de arte, me resultaban espeluznantes vástagos del mal. Mi imaginación trazaba impulsivamente escenarios o personajes en los que ubicar aquellas imponentes figuras tratando de atajar mi zozobra, empero no lograba sino que todos los huesos de mi cuerpo se aflojaran estremeciéndose como desnudos repentinamente del calcio que los recubre.
 
Ya en el umbral de la primera sala mortuoria había una terrera y en su cumbre un gran ídolo de idéntico material franqueaba la entrada con su insolente mirada terrosa. Un escarabajo recorría impertérrito uno de los musculosos brazos del guardián, sin dejar la más leve huella de su paso. El detalle de las vestimentas y la precisión de las formas del peculiar vigilante incitaban a creerse ante la reencarnación viva del dios egipcio Serapis. Y ensimismados por la belleza de la estatua dos de nosotros cometimos el fatal error de tocarla. Intuyendo tal intención escapé, cayendo de bruces a pocos pasos. Gritos de voces familiares me inmovilizaron. Cuando reaccioné sólo quedaban los cuerpos descompuestos de mis amigos.
 
(***) 

Leo y releo las anotaciones de la sesión de hipnosis del único superviviente, (antes de que las autoridades le consideraran desahuciado), y el miedo salta de los papeles a mi piel como el agua de la fuente impulsada por el viento. 

Llevo años tratando de comprender qué sucedió tras aquellos muros en la ciudad de Saqqara, pero la posible verdad me acobarda tanto o más que lo que sé por ahora, y me invita veladamente a detener mis pesquisas en uno u otro momento. 

(***) 

Visitar frecuentemente a José (el único vivo de los seis de aquel equipo), en su celda de aislamiento bajo la perpetua supervisión de dos celadores y una veterana enfermera entregada a su trabajo con la misma diligencia que una recién llegada, no me ha ayudado hasta hace tan sólo dos tardes… justo treinta años después de la tragedia en pleno delirio, pronunció palabras con cierto sentido: “Egipto es un mar de dunas, arena, tumbas, maldiciones y misterio. Sólo los que no tienen miedo a la muerte son dignos de desvelar el gran secreto del Serapeum”, dijo. No obstante, sus continuos espasmos, babeos y risotadas compulsivas salpicaron a cada instante la frase restando crédito a mis oídos. 

La rotundidad de su tesis me hiela la sangre. Y llego a la desconcertante conclusión que mi hermana como aquellos otros cuatro amantes del antiguo Egipto conocía plenamente el pago exigido, y ciegos por alcanzar el conocimiento regalaron su cuerpo a la muerte con todos los honores tocando aquella estatua. Análogamente una lástima infinita me embarga por el único que no quiso llegar tan lejos. Me atrevo a opinar que la pérdida de su cordura es un precio demasiado alto respecto a la recompensa del más allá de la que disfrutan sus cinco amigos desde hace tanto.

2 comentarios:

Esther dijo...

Hola, Sechat:

Pues está estupendo. Yo tb tuve que acortar un poco y la verdad es que es un fastidio, cuando ya lo has escrito todo pero, bueno, así son las normas.

Me encantan las aventuras.

Una amiga de un hermano mío fue a Egipto y le pasó una cosa... Hice un post de ello, hace años, pero lo quité. Mi padre me dijo que podría traerme problemas. Quizás se pueda intuir un poco.

Ya te diré más cosas cuando llegue la hora de votar, si es que se me concede el honor.

Un saludito y sigue así.

*Sechat* dijo...

Hola Esther: Me agrada ver que te ha gustado. Siempre he sido una apasionada de Egipto, sobre todo sobre los dioses y me avergüenza admitir que nunca había oído la palabra Serapeum hasta ahora (ji, ji).

Tu padre llamó a tu discrección y seguramente hizo bien. A mí a menudo me han pedido que cuente, a mi modo, tal o cual experiencia y siempre me he negado. Todo de lo que escribo está inspirado en mis propias vivencias o en lo que sale de mi imaginación, pero no me gustaría que por mi afán de escribir algo, alguien a quien estimo saliese perjudicado por ser el fiel reflejo de alguno de mis personajes. Lo evito a toda costa, sólo por pudor, precaución y principios, claro.

Nos leemos. Un besazo, guapa.