09 julio 2010

ÁGUILA CALVA

ÁGUILA CALVA
De nuevo me desperté inquieta. Era la tercera noche consecutiva en que aquella curiosa mujer del parche salía en mis sueños, y sus rasgos me resultaban cada vez más familiares. Aún recordaba su tez pálida y su larga y lisa cabellera negra, mientras mi mano temblorosa cogía un vaso de agua. No lograba recordar nada más. Como si en escena sólo estuviésemos ella y yo, y a través de mis sueños tratara de contactar conmigo advirtiéndome de algo: “águila calva” era lo único que repetía una y otra vez a modo de mantra ,sin que mi mente encontrara sentido a aquellas palabras.

Lástima que entre mis múltiples rarezas nunca estuvo la afición por el significado onírico. En aquel momento yo sólo era una estudiante de quince años, asqueada de sus padres, como todos los jóvenes, y de unos estúpidos compañeros de clase, intolerantes con todo aquel que no vistiese a la moda o que prefiriera un buen libro a fumar en un rincón a veces a escondidas y otras pavoneándose de forma ostentosa por su infantil muestra de valentía. Yo, pertenecía a ese minúsculo tanto por ciento de adolescentes que encuentran en un libro o en la soledad de la escritura, la mayor de las riquezas espirituales y escamoteaba minutos al tiempo, ávida de disfrutar de una buena narración o de sus personajes. Y aunque procuraba esquivar al grupo de los que tanto se burlaban del resto, mis estrategias para conseguirlo no siempre funcionaban. 

(***)
Quedan lejos esos años y probablemente éste no sea el mejor oficio del mundo, pero en el fondo sigo siendo la misma chica tímida y éste trabajo es perfecto para mí, pues no resulta necesario conversar demasiado y además se me permite leer sin interrupciones. Nunca pensé en estar a dos metros bajo tierra y encargarme de embalsamar a los difuntos, aunque supongo que siempre existen giros inesperados en nuestras vidas que trastocan todo lo planeado.
(***)
Aquella mañana en el patio los chicos más duros del colegio estaban especialmente fastidiosos, así que supuse que yo pronto entraría en la diana de sus burlas y no veía el momento de regresar al aula. Desde donde me encontraba no podía distinguir qué era aquel bulto alrededor del que todos ellos revoloteaban; pero internamente me solidarizaba con el pobre infeliz al que importunaban de aquella manera. Me consta que más de uno quiso acercarse al grupo tratando de rescatar al arrinconado, pero las patadas y puñetazos pronto les invitaban a desistir. A mí me pudieron el miedo y la sensatez: aún estaban recientes los moretones de la semana anterior y mi estado de ánimo no era precisamente el óptimo en aquellos instantes para enfrentarme a aquellos matones de forma tan directa. Por eso me dirigí a la cafetería a advertir a los profesores; existen normas no escritas que a veces uno debe romper, por más que eso le reporte más enemigos y yo asumí tal riesgo: preferí que me tachasen de chivata antes que contemplar impasible cómo golpeaban sin descanso a un ser inocente. Y al actuar de ese modo, me granjeé no sólo la enemistad del grupo de pequeños dictadores, sino también la reprobación de otros que como yo eran carne de cañón. Todos sabíamos que el deber del profesorado era el de velar por la correcta convivencia de los alumnos y nosotros consentíamos con más o menos disgusto o complacencia, el que los adultos prefirieran estar en la cafetería, pero ser chivato era un estigma mucho peor con el que nadie quería cargar a su espalda.

Vinieron a por mí sin darme cuenta. Como bestias salvajes me golpearon, escupieron y me arrancaron grandes mechones de pelo. Tuvieron que intervenir más de seis profesores para lograr apartarlos de mí. Les expulsaron sí, pero yo no gané mi batalla, ni mucho menos. Estuve en casa durante el resto del curso, con los dos brazos y una pierna rotos y nunca recuperé la visión de mi ojo izquierdo, ni logré disimular la ausencia de cabello en algunas zonas de mi cabeza. Tuve que repetir curso, y mi aislamiento resultó más notorio cuanto más avanzado estaba cada trimestre; mis “queridos” compañeros de colegio me rebautizaron con el sobrenombre de “el águila calva”, aunque dudo mucho que ninguno de ellos conociera el auténtico aspecto de aquel animal, y mi carácter se endureció. Mis calificaciones cayeron en picado y los psicólogos del centro y los psiquiatras consultados, a falta de otra explicación más plausible, concluyeron que algún tipo de lesión interna a raíz de las contusiones producidas, mermaba mi capacidad de atención. De la noche a la mañana pasé de ser una alumna brillante, aunque extraña y solitaria, a ser una persona límite. Y acabé donde estoy. 

Los años, pasan factura a todos y se cobran la deuda en mi nombre: hoy tengo sobre la camilla al cabecilla de aquel grupo. ¿Quién sabe? quizá juegue un poco con sus restos y escriba sobre sus genitales “v” de venganza;  aunque bien pensado, hoy me siento realmente creativa, así que es probable que tatúe en una de sus nalgas “águila calva”.

 





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1 comentario:

carmen Silza dijo...

Hola !!!soy Carmen,encantada...por medio de cincolikn he conocido tu bloc....y cual ha sido mi sorpresa al comprobar que has editado un libro en boobok...yo lo he intentado y no tengo ni idea de como hacerlo.....si pudieses explicarme como lo has hecho tu y los pasos a seguir te lo agradecería....si no puedes porque estés muy liada no te preocupes lo entenderé...por otro lado compruebo que tienes un bloc muy bello y me he permitido el seguirte...te invito a pasar a rodar y volar mi bloc...he intentado enlazarte con el mio por medio de tu banner pero no me ha dejado.....un abrazo amiga...