13 septiembre 2010

DOÑA PETRA Y SUSANA. UN PASADO A CUESTAS

Aquí va la tercera entrega de la historia. La verdad es que estoy cogiéndolas cariño a estas dos mujeres.

Ninguna de ellas era mala persona, simplemente se mostraban así de hoscas para evitar coger cariño a la gente y tener que llorarles más tarde. La vida de ambas había sido muy dura: doña Petra enviudó de muy joven tras un terrible sufrimiento de su marido minero; Luis, su hijo mayor, había muerto en un derrumbe pocos años más tarde en la misma mina de Guardo que había provocado aquella enfermedad a su padre; Soledad, la hija pequeña de doña Petra y el bueno de Matías, había fallecido con tan sólo ocho años a causa de una tuberculosis, quedando así sólo uno de los descendientes de aquel matrimonio con vida. Pero el destino a menudo se ceba con los más débiles, pues también la muerte reclamó al segundo de los hijos varones; Ramón había caído durante la guerra. 

En cuanto el cartero golpeó la puerta aquella fría mañana de otoño y tendió la carta a la mujer, ésta adivinó sin abrirla, las malas noticias que se escondían en aquella cuartilla de papel; no obstante, hizo de tripas corazón y prosiguió su rutina diaria como si nada hubiera sucedido, yendo puntualmente cada domingo a misa, trabajando en su huerta y limpiando la casa o haciendo la colada junto con las demás mujeres del pueblo en el lavadero del río (en el fondo albergaba la esperanza de que todo fuera una pesadilla) pues siempre le había incomodado sobremanera ser el centro de atención de las miradas o que el resto sintiese lástima de ella. Alfredo, el cartero del pueblo, jamás mencionó a nadie lo de aquella entrega, pero inconscientemente se había convertido en una especie de ángel de la guarda que la observaba desde la distancia, con honda preocupación temiendo que la mujer cometiera algún disparate ante tanta desgracia. Sin embargo para bien o para mal, Petra era mucho más fuerte de lo que aparentaba y quizá su honda fe la alzó ante la desesperación. El caso es que ella siguió su vida normal, sin mencionar a nadie el tema de la carta; no fue hasta pasados varios meses cuando se decidió a abrirla y leerla. Para entonces ya había llorado a su marido y a sus otros dos hijos, y casi no guardaba lágrimas con que despedir al último de sus vástagos, pero necesitaba rendirse a aquel dolor y saber con certeza qué había sucedido. La carta la decepcionó un tanto, pues estaba escrita con la fría imparcialidad del lenguaje militar. Desde luego que no esperaba en absoluto un abrazo o una muestra de cariño por parte del coronel, pero sí alguna palabra un poco más cálida donde pudiera refugiarse y creer que todo aquel sufrimiento tenía una causa, aunque escapase a su lógica. No encontró jamás esa cercanía en aquella carta, por más que la leyó y releyó cada aniversario desde su entrega; ni encontró en la iglesia o en los sermones de Amador, el cura de aquellos años, la suficiente fuerza para seguir tirando hacia adelante. Si continúo lo hizo por sí misma: era su propio calvario autoimpuesto, pues en el fondo no dejaba de sentirse responsable de cada una de aquellas muertes: “Si yo hubiera trabajado en la casa del alcalde, probablemente hubiéramos tenido más dinero para alimentar a nuestros hijos y quizá Sole, se hubiera salvado”. Pobre Petra, no comprendía que según en qué momentos de la historia de una nación, la enfermedad se atrinchera por igual en casas de ricos como de pobres sin que se pueda evitar el fatal desenlace.

Susana no sabía nada de todo aquello aunque intuía la profunda tristeza de la anciana. “De joven tuvo que ser muy guapa”, solía pensar mientras la observaba y Petra, a modo de respuesta, iluminaba su cara de manera silenciosa con una enorme sonrisa.

— Petra, ¿por qué me alquilaste la habitación?—se decidió a preguntarle una noche.
— ¿Es importante para ti?— le respondió con otra pregunta.
—Sí, bueno, no sé… si no te importa contármelo, claro.
—No, no me importa, contártelo. Te abrí las puertas de mi casa, porque a pesar de tu apariencia de gato que saca sus uñas en cuanto se siente acorralado, para mí aquella noche parecías más un ratón que otra cosa. Sentí que necesitabas ayuda y yo también necesitaba compañía.
— ¿De verdad que viste todo eso?— preguntó perpleja.
—Eso y mucho más… Pareces nueva, Susana, si preguntas a cualquier niño del pueblo te contestará que soy bruja— respondió riéndose— y que tengo hasta pócimas y una bola de cristal.

Las dos acabaron riéndose de la ocurrencia. Con Petra era fácil llevarse bien, de cualquier tema trascendental conseguía sacar un lado positivo o arrancar una sonrisa. Aquella actitud tan arraigada en su carácter parecía contradecir la arruga de expresión que cruzaba de lado a lado la frente de la mujer y que hacía los rasgos de su rostro mucho más duros. 

Susana la admiraba por ello. No habían llegado al grado de intimidad en que dos amigas se hacen confesiones de los secretos mejor guardados de su existencia, pero sabía que en cualquier momento ese silencio se rompería entre ellas. En lo concerniente a la ausencia de fotografías en cualquiera de las estancias de las dos plantas de la vivienda, Susana adivinaba que había un porqué unido profundamente a esa ruda fachada bajo la que Petra se escondía y prefería no preguntar sobre ello; tampoco ella disponía de recuerdos de papel en su habitación y por más que Petra estuviera intrigada, había respetado su intimidad sin hacer preguntas indiscretas todo ese tiempo.




Eran lo más parecido a una simbiosis o a un matrimonio de conveniencia, pero bien avenido, tremendamente parecidas entre sí, pero lo suficientemente distintas como para que la convivencia no resultase tediosa ni insufrible. Como el violinista callejero que afina su violín de oído y ha bebido la música desde su más tierna infancia, ambas mujeres estaban irremediablemente unidas entre sí con la fuerza del cariño y del mutuo aprecio, tras el paso de los años. Resultaba imposible disimularlo.

Quizá Susana era menos consciente de ello, pero aun así en ambas se había operado un leve cambio. No sólo se trataba de haber teñido su pelo de una tonalidad más oscura y natural, ni de haberse dejado melena larga, tampoco era el mero hecho de haber sustituido paulatinamente su forma de vestir por el uso de ropas más femeninas, en el caso de Susana; o de ser más espontánea y salir más a la calle que hasta entonces socializándose, por parte de Petra. La transformación era más profunda que todo eso, y resultaba beneficiosa para ambas partes. Eso sin duda. 

Las cicatrices de cada cual no se habían borrado, ni lo harían nunca, pero por primera vez en años estaban aprendiendo a ver la vida bajo otro prisma distinto al de la consternación y estaban en camino de abrirse al mundo de manera definitiva y superar sus miedos.



Tal vez por eso, aquella tarde tras salir del cine, Susana tuvo el impulso de dibujar aquellos dos monigotes de tiza sonrientes con las manos entrelazadas. Petra adivinó enseguida que aquellos dos muñecos las representaban a ellas y no pudo contener la emoción, así que abrazó a su hija postiza, como solía llamarla, en señal de agradecimiento.
—Gracias—, le dijo entre lágrimas de emoción.
—No; gracias a ti, Petra.








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4 comentarios:

*Sechat* dijo...

Para esta segunda estación del viaje nos proponían el uso de dos fotografías y crear con cada una un relato. Yo al final he cogido dos fotos para esta tercera parte. Espero que os vaya enganchando un poco más.

Un besazo.

Carmela dijo...

Engancha y lo haces genial
Un biquiño

Anónimo dijo...

Me gusta mucho la evolución de las dos. Es increible cómo distintas generaciones en ocasiones son más compatibles que los "quintos".
Engancha y hay ganas de saber más sobre ellas, su pasado y su futuro juntas.
Besos de los 3

JuanMa dijo...

Me gusta mucho... Yo también les estoy cogiendo cariño.

Besos con historia.