12 septiembre 2010

DOÑA PETRA


En la pequeña habitación que había alquilado en la casa de doña Petra, único hostal del pueblo, Susana pasaba el tiempo tendida sobre la cama inmolando entre cigarro y cigarro su soledad y haciendo a la vez de su existencia, un pequeño altar a la ausencia de cualquier vínculo estrecho con familiares o amigos de su pasado. Se debatía entre la necesidad de abrir su corazón a las alegrías y angustias de nuevas amistades o seguir fiel a su aislamiento voluntario en una dura batalla interna contra sí misma, pero casi siempre ganaba su lado práctico y calculador: ése que la revestía de una especie de aura de frialdad que solía generar ciertas suspicacias en sus interlocutores cuando era presentada a alguien nuevo. 

Afortunadamente, la buena de Petra, desoyó a sus convecinos y no dudó en alquilar una modesta habitación al fondo del pasillo, a la perfecta desconocida que había irrumpido en el pueblo un viernes (para lo que parecía algo eventual y que llevaba entre ellos ya cerca de seis años). Petra, era para la joven, lo más parecido a una amiga y a una madre. Se respetaban mutuamente y los silencios que imperaban en sus conversaciones eran indicio de una comprensión más allá de las fronteras generacionales: Petra representaba el papel de madre, sin ser demasiado estricta en sus críticas y Susana cumplía su rol de hija acompañándola al médico, supermercado o simplemente viendo con ella desde el sofá del salón, la telenovela que tanto gustaba a su casera; aunque en realidad a la chica aquello no le entusiasmase. Al principio lo hacía por inercia y con el tiempo aquello se convirtió en costumbre; ese hábito no dejaba de ser agradable en el fondo: aquellos momentos juntas daban a ambas la sensación de hogar que habían creído olvidar, y dejaban traslucir su mutuo cariño sin grandes efusividades que pusieran en entredicho su carácter huraño (único escudo que usaban las dos mujeres para protegerse del mal que acecha en el mundo).
Nota: en esta segunda estación de La gran travesía, a partir de dos fotos había que crear dos textos, así que continúo la historia de Susana. 





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3 comentarios:

Tropiezos y trapecios dijo...

En este primer camino, sólo decir que todos alguna vez hemos necesitado una Petra, cuando hemos tenido que tomar nuevos rumbos.

No siempre es de carne y hueso, puede llamarse nostalgia, soledad o incluso alegría por saber que seguimos vivos...

Voy a leer el otro camino.

Oski.

*Sechat* dijo...

¡Qué honor tenerte por aquí, Oski! Tienes razón, todos alguna vez necesitaríamos una Petra en nuestras vidas.

Un besazo.

*Sechat* dijo...

Mo, se me ha borrado tu comentario, pero te lo agradezco igualmente. Un besazo, guapa.