30 enero 2011

LA PRÓXIMA VEZ CONDUCES TÚ

Últimamente se me hace muy cuesta arriba el hilar dos párrafos seguidos y lo noto hasta en el taller al que acudo los jueves. Da igual que el tema tenga gancho o no, porque invariablemente el bloqueo acude a mi encuentro e hinca sus poderosas raíces en mis neuronas y mis manos.

En fin, hoy, varios días más tarde, la idea que he tenido esta noche en mi duermevela, ha cobrado cuerpo a lo largo de la tarde  y aquí os va el resultado: nuestra profesora nos pedía un relato sobre un viaje. He de deciros que por cómica y exagerada que os parezca la historia es verídica 100%: sufro pánico a conducir (tiene un nombre científico demasiado complicado).

Podéis reíros a vuestras anchas, no os preocupéis, no lo voy a tomar a mal. Un abrazo.


LA PRÓXIMA VEZ CONDUCES TÚ


Durante unos días después de aquello fui incapaz de reconocerme a mí misma. Aquel viaje había sido un importante punto de inflexión en mi vida. Quizá uno de los más relevantes a nivel personal, a pesar de que el espejismo del cambio duró poco, a decir verdad.

Cuando tras dos noches de infructuosa persecución de un sueño reparador y con el tiempo de mis vacaciones a punto de expirar, saqué fuerzas de algún rincón olvidado de mi subconsciente o de mi personalidad, y tuve el valor de ponerme en camino hacia mi ciudad en mi primer viaje de mediana distancia en solitario, como conductora, me sentí como el primer hombre que llegó a la luna (y no; lo mío no fue ningún montaje del gobierno estadounidense).

No obstante, una vez con el cinturón de seguridad ya atado, la cosa empezó muy mal, pues los nervios me impidieron arrancar el coche con la suavidad y precisión de los conductores veteranos y en su lugar mi flamante C3 respondió con una tremenda sacudida antes de calarse por completo; en vano y en unos consejos demasiado tardíos, no dejaba de repetirme una y otra vez mentalmente: “cuidado al levantar el embrague”. Como espectadores de mi particular calvario… mis padres. Mi madre como excepción, trataba de infundirme ánimos; por el contrario mi padre, en otras ocasiones el “poli bueno”, no dejaba de recordarme lo torpe que era (algo que yo ya tenía meridianamente claro al respecto, sin necesidad de sus esclarecedoras palabras).

Conseguí la hazaña de salir por la puerta de la cochera sin rallar la carrocería y a los pocos minutos superé con éxito otro de los que yo consideraba “puntos negros de la carretera” en mi particular peregrinaje: la subida del empinado camino vecinal y la consumación de su perenne Stop sin contratiempos. Después vendrían los primeros doce kilómetros del viaje ya fuera del pueblo, y la llegada a la frontera emocional de Guardo. Creo que nunca una distancia tan reducida en coche me había provocado tantas sensaciones. Esos doce kilómetros fueron una mezcla de nerviosismo, incertidumbre, tensión y furtivas miradas a los retrovisores deseando con todas mis fuerzas ser el único vehículo en la carretera en kilómetros a la redonda (este deseo por supuesto no se cumplió en absoluto). A ratos una vocecilla interior, no sé si mía o prestada, me decía: “ánimo. Tú puedes” y ante mí flotaban caras de amigos y conocidos repitiéndome las mismas palabras que yo no lograba creerme (todo esto sin ayuda de sustancias alucinógenas), supongo que por eso, incluso esa voz acabó desconfiando de mis capacidades, pues por momentos se le escapaba un suspiro de alivio cuando algún coche me adelantaba, o improvisaba alguna oración de gracias por haber sido capaz de adelantar al tractor que llevaba varios minutos delante de mí circulando a 40 km/h, sin daños para ninguna de las partes.

Llegué a Guardo. Para entonces ya estaba agotada psíquicamente y aún me quedaba unas veinte veces esa distancia hasta llegar a mi amado hogar (en ese sentido desde aquel día, me he dado cuenta que valoro mucho más mi casa y mi vida, también las ajenas, por supuesto). Pero allí tuve que hacer la primera de las paradas; elegí para ello la primera calle lateral a la derecha de mi recorrido: el espejo derecho no estaba bien reglado y por nada del mundo iba a consentir que aquello incrementase mi ya dilatada inseguridad al volante. Tras eso, conseguí superar la prueba de los semáforos: si conocéis Guardo, sabréis que es tal vez el único pueblo en toda España que los tiene instalados aunque tan sólo estuvieron funcionando un día (hay una leyenda urbana al respecto que no contaré aquí, pero mi experiencia de más de veinte años pasando por allí todos los veranos, confirma que efectivamente haberlos haílos, aunque jamás los he visto en marcha). En ese sentido, se puede hablar sin género de dudas de auténticos “semáforos fantasma”.

La siguiente parada la hice en Santibáñez de La Peña, un pueblo del que desconozco casi todo, salvo su pequeña gasolinera hacia la que me dirigí. Lo bueno es que queda a la derecha y no era preciso ningún tipo de maniobra que pudiera entorpecer el paso de algunos de los Land Rovers del vecino cuartel de la Guardia Civil, ni el paso de algún que otro intrépido transeúnte. Llené el depósito y aquello me infundió fuerzas por unos cuantos kilómetros más.

Alcancé Aguilar y dudé entre hacer alguna pequeña parada, pero envalentonada como nunca hasta entonces, decidí seguir viaje. ¡Craso error! en la primera rotonda al incorporarme, mi pie me traicionó y el embrague se burló de mí nuevamente, con lo cual el coche se caló. Todo esto con comedidos y amistosos conductores por detrás que esperaban “pacientes” y en silencio a la torpe conductora no novel, que les precedía. No sé si por efecto del calor ambiental o el de mi propia torpeza, comencé a sudar profusamente. Eso sí, arranqué de nuevo el motor y pegué un acelerón digno de cualquiera de los jóvenes que juegan con sus vehículos tuneados a ver quién llega antes, sin medir que ésa puede ser la última vez que respiren. Por unos segundos temí que el coche de la Policía Nacional que estaba en uno de los laterales de la rotonda reparase en mí y no se conformase con una simple multa y la consiguiente retirada de puntos, sino que me exigiera papeles sometiéndome a algún tipo de cruel interrogatorio. Las piernas me temblaron, pero pasé ante ellos y no me hicieron el más mínimo caso. Hice la segunda rotonda y para mi alegría me incorporé a la autovía sin más penurias. Comenzaba para mí entonces, la parte más tranquila del viaje: carril derecho; comprobación de retrovisores y otros metros más en el mismo carril… y de nuevo lo mismo durante minutos y minutos y kilómetros y kilómetros. Creo que en algún momento, en un alarde de inusitada valentía llegué a poner hasta la radio y tarareé alguna de las canciones, y lo más increíble de todo: hice algunos adelantamientos como una auténtica veterana. Con más confianza ya y más autodominio, a ratos ponía en marcha el climatizador (el ruido infernal que hace me acababa recordando por millonésima vez la necesidad de llevarlo a mirar a un taller) así que a los pocos minutos lo apagaba y bajaba un poco la ventanilla, para disfrutar del aire puro, y del humo de los coches, y más humo y el frío que se empezaba a notar fuera y otra vez el humo de otro conductor histérico… ¡Puf, mejor cerrar la ventanilla! Recuerdo esos tramos en la autovía como auténticos logros para la suerte de homínido en que me convierto cuando voy conduciendo, pues invariablemente se apodera de cada centímetro de mí el espíritu del agarrotamiento muscular y acabo pareciéndome al tan desdeñado por muchos Quasimodo con el añadido de un molesto tic nervioso en el párpado derecho, con el que tan pobre infeliz no contaba.

El resto del viaje por la autovía transcurrió más o menos de forma tranquila, pero en la zona del Pantano de Arija las obras y la lluvia dieron al traste con mi entusiasmo. Una vez en autovía otra vez, habiendo llegado a la provincia de Cantabria equivoqué el desvío para salir hacia Bilbao y acabé en lo que entiendo que será uno de los peores puertos de montaña que uno se pueda encontrar. Realmente no vi señalización alguna que lo denominase como tal, pero las interminables subidas; lo reducido de la carretera sin arcenes laterales; los límites de velocidad entre cincuenta y setenta kilómetros según los tramos y un largo etcétera, me indicaban que así era. Por aquellas tierras, entre una curva cerrada y otra aún más cerrada, me encomendaba a todos los santos y miraba el reloj: no había parado ni una sola vez a descansar desde el comienzo del viaje y por allí no había símbolo alguno de civilización que me permitiera hacer un pequeño receso. Con esos pensamientos y sabiendo ya a ciencia cierta desde varios kilómetros atrás, que tenía que dar media vuelta como fuera y regresar de nuevo a aquel maldito cruce, mi enorme torpeza impidió que pudiera hacer el cambio de sentido que la maravillosa señal a mi derecha me indicaba; así que seguí otros cuarenta o cincuenta kilómetros más, pasando por pequeñísimas aldeas, a ratos con lluvia y a ratos con sol y tratando de ignorar el enorme abismo que quedaba en el carril contrario y por supuesto pretendiendo engañar a mi vértigo con otros entretenimientos mentales: “busca un sitio donde parar”, le insistía desesperada. La suerte me vino a socorrer y en un pequeño recodo, junto a un bar paré. Incapaz de bajarme del coche, con el miedo aún en el cuerpo, llamé a mi madre; me quedó bien claro que la suerte no aparece dos veces en tan poco tiempo, puesto que fue mi padre quien descolgó el auricular tras numerosos tonos, y fue también él quien con su agradable comprensión me hizo sentir peor de lo que yo ya estaba. Para mi sorpresa descubrí que no me apetecía llorar, sino liberar toda mi rabia y frustración, así que discutí con él y le colgué de malas maneras. Tras ese pequeño desahogo: entré en el bar; pedí una Coca-cola; fui al baño y antes de pagar pregunté al dueño cómo tenía que hacer para redirigir mi coche hacia Bilbao. Corroboró mi idea, la mejora alternativa era retroceder hasta el cruce con la autovía, incorporarme a ella y coger unos kilómetros más adelante el desvío apropiado. Así lo hice, pero hasta que no pase algunos parajes ya conocidos y algún que otro túnel, no me permití el lujo de sentirme satisfecha por estar haciendo por fin el recorrido correcto sobre un asfalto mejor cuidado que en los angustiosos minutos precedentes.

El resto del camino transcurrió más o menos tranquilo, con momentos de lluvia más o menos intensa e incluso de granizo. A la altura de Baracaldo las retenciones, en este caso por un accidente, según pude verificar al cabo de unos kilómetros, me hicieron comprender que por fin estaba cerca de casa y que yo había disfrutado de más fortuna que los ocupantes del desdichado vehículo, cuyos tornillos había tenido que esquivar. Entré en Bilbao por la parte este y aparqué casi a la primera. Estaba diluviando, pero no pude por menos que salir de la agobiante atmósfera del interior de mi vehículo y gritar eufórica danzando bajo la lluvia. Luego ya vino la serenidad y la practicidad que me caracteriza en otros ámbitos de mi vida y llamé de nuevo a mi madre. En esta ocasión sí era ella quien respondía al otro lado: “ama, ya he llegado”, le dije un poco nerviosa. Luego hubo algún intercambio más de información sobre cómo había ido el viaje y qué había hecho ella en el pueblo.

En fin, en general me siento orgullosa de aquel viaje, pero si tuviese que repetirlo no sé si sería capaz. Entre unas cosas y otras, tardé unas dos horas más de lo habitual y sí, puede que en cierto modo madurase, pero para nada me considero una consumada conductora; así que si no te molesta en la próxima ocasión yo pongo el coche y el combustible, pero el que conduces eres tú, ¿de acuerdo, cari?

7 comentarios:

*Sechat* dijo...

No espero que comprendais la angustia que supone para mí y para muchos otros el hecho de conducir, y sí le he dado un tono cómico; pero insisto que lo que he puesto en este texto sucedió tal y como aquí aparece. Un besazo.

Carmela dijo...

Puf, a mi me gusta, pero últimamente ya van dos sustos de muerte(nunca mejor dicho, me salvé por los pelos), así que te comprendo bien.
Bicos grandotes

*Sechat* dijo...

¡Hola, Carmela!:
Supongo que conducir en ese estado de nerviosismo no es sano para nadie, ni para el propio conductor que lo padece, ni para el resto.

Besos.

Carlos dijo...

¡Muchas gracias por el viaje! He ido durante el trayecto no perdiendo detalle del paisaje y lugares por donde pasábamos por lo que no puedo precisar sobre el aspecto técnico de la conducción :p pero el viaje fue un disfrute por lo que llevaste el coche fenomenalmente!
Distención aparte sé muy bien por lo que pasaste y te felicito por la forma de transcribir tan bien todas esas sensaciones que cortan el silencio al volante mientras tan solo deseas y no es broma alguna que llegue el final de la pesadilla.
Yo me perdí desde Ronda a Cádiz, de noche y diluviando la carretera no hacía mas que subir y al terminar una curva, un inmenso toro en mitad de la carretera y al borde, allá abajo muy abajo las luces de Ubrique. Cuando llegamos al pueblo abrazamos al del bar, el único abierto, tanto debió ver en nuestros rostros que nos invitó la cena!

Me ha gustado mucho el relato y se hace cortísimo, no por ir en un C3 sino por su fluida lectura :)

Un abrazo!

En Guardo es que los guardan ;)

Anónimo dijo...

Eso de "¿te gusta conducir?" a veces parece que va con recochineo. Sí me gusta, pero no con los kamicaces con los que a veces nos cruzamos en la carretera, esos que piensan que el asfalto es solo suyo y no respetan a nada ni a nadie.
¿Conducir sola y tantos kms.? Mejor con compañía, con música y pensando que es parte de las aventuras de las vacaciones.
Si es para ir al curro... qué estrés pfff.
Besitos de los 3.

*Sechat* dijo...

Me alegra comprobar que te ha gustado y mucho más tu visita por mi sitio, Carlos.

Por cierto, un secretillo: ese viaje del que hablo tuvo lugar este verano. ¡Qué odisea!

Besotes. Te leo.

*Sechat* dijo...

Besos a vosotros también, Moni, a ver si te llamo esta semana y charlamos un ratillo sobre mi sobri favorita ;)

Lo recuerdo ahora como una especie de sueño y de verdad que no sé de dónde saqué el arranque para ponerme al volante yo sola. No sé si sería capaz de repetirlo. ¡Puf, mejor no lo pienso! ¿No crees? Y lo de la compañía... desde luego que mucho mejor, claro está.