23 julio 2011

ABISMO GENERACIONAL

Éste texto es un ejercicio que se nos propuso hace meses en el taller al que asisto los jueves. No me convenció y al final lo dejé aparcado. Hoy lo saco a la palestra para que no desaparezca para siempre. Debíamos de usar una palabra facilitada por nuestro compañero de la derecha (en mi caso la palabra es tarambana) y además hablar del término crisis.

 

—Los tarambanas están en crisis—. Me soltó el abuelo de repente—. Ahora entre tanto metrosexual y tanto libertinaje no hay quien pueda ejercer como tal—, continuó diciendo para mi asombro.

— ¡Qué tiempos aquellos en que los muchachos sacaban pecho, orgullosos de tener una novia en cada puerto!—se calló nostálgico.

Yo entre tanto, no paraba de girar como una peonza sobre mis pies en busca de una cámara oculta que no encontré, hasta que caí mareada al suelo. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando… Por su parte, el abuelo absorto en sus recuerdos continuó con su perorata sobre el amor libre y los años de dominación troglodita.

Traté de prestar atención a sus palabras, pero nunca había sido tan consciente del abismo generacional entre ambos. Si hubiese visto un dinosaurio cruzar la carretera, mi perplejidad no hubiera resultado mayor que al escuchar aquella sarta de comentarios machistas. El abuelo acompañaba su discurso con enérgicos aspavientos o incluso golpes en la mesa con el puño cerrado para dar más énfasis a sus palabras. Eso me hizo comprender que aquel tema constituía la base en la que había cimentado su vida. Sentí compasión por mi añorada abuela y por extensión a mi madre, única hija del matrimonio.

Aquella tarde fue reveladora para mí. Además de la Crisis Mundial que tan atormentados nos tenía a todos, mi existencia estaba dando un giro de ciento ochenta grados, por otra de carácter bien distinto. La incomprensión pendía sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles. La palabra crisis ya no era un simple ectoplasma anclado en el subconsciente del miedo colectivo. La crisis con mayúsculas me había arrollado como un tren descarrilado, pues mi escala de valores acababa de ser dinamitada sin anestesia.

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