23 julio 2011

MALETAS Y OTROS DISGUSTOS

Éste también es un ejercicio que nos propuso, Llum, la profesora del taller, y como el post anterior lleva varias semanas, yo diría que meses, guardado en mi cuaderno de ejercicios. Demasiado tiempo para no haberlo compartido.

En esta actividad habíamos de hacer un texto donde predominase el monólogo interior y había de aparecer como elemento conductor de la trama una maleta. Perdonad mi torpeza con los signos ortotipográficos. No es tan fácil emplearlos como parece. Si alguno domina el tema de las comillas que me lo aclare, por favor, he consultado varios libros y aun así me he quedado con la sensación de no haberlas empleado correctamente. Desgraciadamente ésa es una de las cosas las que Llum no nos hace indicaciones ni correcciones.

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>>Está nevando copiosamente y este hombre aún no ha vuelto. Hace tiempo que dejaron de verse sus huellas en lo que antes era suelo embarrado. >>

Se escucha un golpe seco fuera.

>>Quizá sea él… No, ya veo que es la verja exterior. Como siempre ha vuelto a dejarla abierta. Mira que se lo tengo dicho, pero nada, no hay manera de que cumpla mis indicaciones. Manías, las llama el. “Lo tuyo no son más que manías”, suele decirme. ¡Qué hombre tan terco! Lo mismo sucede con sus pantalones y camisas: yo se los plancho con todo esmero y él acto seguido, los tira de cualquier manera sobre la cama, el sofá o donde pille. ¡Hombres! Si ya me lo dijo mi madre: “no intentes cambiar a un hombre, pues es tarea perdida”. 

>>¡Qué barbaridad! Es tardísimo y este marido mío ni siquiera ha llevado bufanda, guantes o paraguas. >>

La mujer sigue hurgando y trasteando por cada rincón de la casa.

>>Qué raro, yo juraría que estaba por aquí… A ver cuándo ordeno este armario. Mañana sin falta le digo a Rodrigo que lo haga y que de paso arregle la balda superior (lleva meses así), cualquier día se nos cae encima.  ¿Dónde la habré puesto! Esta cabeza mía… Al final voy a tener que apuntar todo en una agenda  o mediante pegatinas>>, sigue repitiéndose nerviosa.

“Si no está aquí, quizá esté en el baúl del sótano”, piensa esperanzada, “Nada, tampoco. No hay manera… Y este Rodrigo mío sin venir. ¿Le habrá pasado algo? Si no sé nada de él en unos minutos, tendré que llamar a la policía o a los hospitales. Bueno, mejor no inquietarme demasiado, si no luego me tachará de histérica. ¡Dios mío, en mangas de camisa que se ha ido!, ¡va a coger una pulmonía! Y luego, por supuesto, ¿quién tiene que aguantar sus resfriados y su mal humor? Pues yo, sin ir más lejos. ¡Qué paciencia!... Cuando venga me va a oír, ¡vaya que sí! Sin móvil ni nada que está siempre, porque para eso es como un crío: dice que no quiere móvil y no hay quien le convenza de lo prácticos que son. ¿Tanto le cuesta darme el capricho para no preocuparme a lo tonto? Me llama, me avisa, me dice que está en el bar o en casa de Federico y Loli y me quedo tan tranquila. No hay derecho a que me haga sufrir de esta manera malsana. ¿Será egoísta!”

>>¡Qué barbaridad y la dichosa maleta roja sin aparecer! No sé dónde más mirar… no está ni en el dormitorio, ni en el sótano, ni en el garaje tampoco. He puesto la casa patas arriba para nada. ¿Será posible! Bastantes cosas tengo que hacer yo como para andar jugando al escondite con la maleta. Se acabó. Cuando llegue Rodrigo que la busque.

>>¡Uy!, ¿eso que suena es el teléfono? ¡Ay, Virgen santa, que sea mi Rodrigo y esté bien, por favor!

—Diga…

—Águeda, soy yo—quien habla es Rodrigo—. Lo que tengo que decirte es muy importante, así que no me interrumpas, por favor. Y sobre todo no llores.

Águeda ahoga un suspiro de angustia.

—¿Estás bien, Rodri…?

—A ver—le dice él cortante—, te he dicho que no me interrumpas. El viaje que íbamos a hacer a Italia tendremos que suspenderlo me temo.

—Pero, ¿por qué?, ¿estás bien? ¡Ay, Dios mío!, ¿qué ha pasado?

—Primero: no grites. Segundo: sí, estoy bien. Tercero… ¿no habrás llamado a la policía o a los hospitales, verdad Águeda?, porque nos conocemos…

—Pues… No, la verdad… he estado tentada, pero no.

—Bien. Mejor así. Por cierto, la maleta roja la tengo yo.

—¡Que te has llevado la maleta!, ¿se puede saber para qué?

—No es ésa la cuestión, Águeda, sino porqué.

— ¡Que más da por qué que para qué?—grita exaltada—¿Me lo vas a explicar o no?, ¿te parece bonito haberme tenido toda la mañana danzando por la casa buscándola? Ni la comida tengo hecha todavía. Te callas, ¿verdad? No tienes nada que decirme, claro…

—Mira, Aguedita, antes de colgarte por tus malos modos e interrumpir esta cordial conversación, te diré que me marcho. Mejor dicho: me he ido bien lejos. Se acabó. Te dejo. Estoy harto de tus gritos y de que jamás me escuches.

—¡Que yo grito? El único que se pone como un basilisco eres tú. Me vas a oír cuando vuelvas, porque seguro que nadie te aguanta tanto como yo. ¿Rodrigo sigues ahí? ¿Rodrigo?

—…

2 comentarios:

Carmela dijo...

Yo me lío por completo, pero me conformo con que se comprenda :)

bicos

Anónimo dijo...
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