20 agosto 2011

La casona

En previsión de no estar en próximas fechas por aquí y para evitar que esto se quede totalmente vacío, dejé programada en julio esta entrada. Se trata de nuevo, de otro ejercicio propuesto en el taller de los jueves.¿A qué tienes miedo?”, era la pregunta a la que debíamos responder con nuestro relato.

Vivíamos en un viejo caserón. Demasiado suntuoso para una familia tan pequeña como la nuestra y demasiado tenebroso para la explosiva imaginación de un niño. Aquella casa imponente era como una especie de isla en medio del bosque, una auténtica ciudadela colosal y sobre todo monstruosa que en lo más hondo de la espesura, estaba siempre medio en tinieblas. Los únicos pájaros que se veían por allí eran cuervos y búhos o lechuzas.

La luz lunar, proyectada sobre su fachada, hacía tal juego de sombras, haciéndola semajante a una gigantesca calavera) que hasta los sirvientes evitaban salir al frondoso jardín a realizar sus tareas o siquiera atravesar la puerta principal, temiendo de algún modo que aquella casa les sometiera a su voluntad o tomase represalias contra ellos o sus familias si intentaban escapar de aquel lugar. Supongo que desde el principio fuimos conscientes de que acabaríamos allí nuestros días.

El terror que nos atenazaba, no se debía tan sólo a aquella casa que atraía y aterraba con la misma intensidad, sino a la sólida negrura circundante. Escapar de sus enormes fauces y sus decenas de ojos de oscuro cristal era nuestro deseo más ferviente, pero la casona dominaba todo en el sentido más estricto. Se imponía en el paisaje como una enorme fisura purulenta, y por otra parte coartaba nuestra libertad de acción o de pensamiento. Ella tenía voluntad propia y gobernaba las vidas de hombres y bestias. A su lado, los altos chopos, fresnos y robles parecían minúsculos hierbajos; además en el jardín predominaban las malas hierbas y toda clase de plantas trepadoras crecían sin orden ni concierto: por mucho que el servicio se empeñase en cortarlas o arrancarlas de raíz, ellas brotaban de un día para otro con la misma rapidez con que uno pasa la página de un libro. Bajo sus dominios éramos insignificantes marionetas de las que se había apoderado. La casa se erigía como una gigantesca flor carnívora, despiadada y hambrienta, que se alimentaba de nuestras esperanzas e ilusiones al principio y de nuestros temores y secretos después. Cuanto mayor era nuestra inseguridad más grande y siniestra resultaba. En su interior nos convertíamos en proyecciones de sus techos y paredes. Pasábamos a ser meros ojos cadavéricos sin capacidad de habla o de razonamiento. El latir de nuestros corazones quedaba supeditado al recuerdo. Jamás se escuchó una risa en sus habitaciones o pasillos, ni se percibió una caricia. A veces las maderas de sus suelos crujían de improviso, provocando auténticos colapsos nerviosos en los escasos invitados que nunca prolongaban su estancia entre nosotros, más allá de la tradicional hora del té; otras veces eran los espesos cortinajes o tapices los que provocaban gritos y miradas de pánico. La única música que se oyó entre sus cuatro paredes, fue la inquietante melodía a piano, convertida ya en costumbre cada madrugada, cuando aún dormíamos todos los habitantes de la casa, y que nos desvelaba aterrorizados, poniéndonos en guardia a la espera del golpe final que acabase con nuestras vidas y que nunca llegaba.

Crecí sin amigos. Bajo las enseñanzas de un tutor estirado y famélico por quien nunca sentí admiración o respeto, pero que en cierto modo fue lo más parecido a un compañero de juegos. Por él supe que había todo un mundo lleno de posibilidades más allá de aquel cementerio en que vivíamos, y ansié la libertad de otros aires.

No logro comprender cómo reuní el valor para sacar los fósforos del cajón de la mesa de la cocina y prender fuego a aquel piano. Quizá lo hice queriendo huir de las ataduras de mi eterno pantalón corto estudiantil… A cada uno de mis pasos sentía posarse sobre mí la inquisidora sombra del monstruo, pero un sentimiento desconocido hasta el momento, me  impulsaba a seguir adelante pertrechado con mi caja de cerillas de cabeza grande. Alaridos y voces desconocidas en tono  insultante e increpador o  temerosas y familiares las otras, salían a mi encuentro y me invitaban al escalofrío y al llanto. Pero yo seguí. Lo hice impulsado por el afán de romper para siempre con la opresiva cadena de pesadillas que se agolpaban en mi cabeza: mi madre a quien veía preñada y desangrada mientras se ahogaba en una bañera, mientras yo desde el otro lado de la puerta trataba de abrirla sin que el pomo respondiese a mis intentos o golpes; mi padre tomando parte de una bacanal, rodeado de mujeres hermosas que se acercaban a él lujuriosas y que lo devoraban a mordiscos hasta que sólo dejaban un esqueleto ensangrentado…

Lo que ignoraba entonces es que hay monstruos que nunca se desvanecen y que muy a mi pesar nunca fui libre ni entonces ni ahora. El hecho de haber olvidado quemar el cobertizo que quedaba a varios metros de aquella atormentadora casa, aún impide que duerma con tranquilidad.

4 comentarios:

Carmela dijo...

Cuantas casonas de esas nos encontramos por ahí....
Biquiños guapa.

Esther dijo...

Qué chulo el relato.

Me recordó a un convento que vi abandonado por Portugal pero, al contrario, ése parecía un lugar agradable. Quién sabe, si si mi hubiera quedado allí, diversos monstruos me hubieran atacado; pero, el poder está en nosotros :)

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Biquiños a ti, Carmela. El miedo acecha bajo cualquier forma, basta con que no nos rindamos ante su peso.

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

¡Hola, Esther!:

me alegra saber que te ha gustado. El terror es un género que siempre me ha gustado, pero reconozco que es difícil despertar esa inquietud y zozobra en el lector.

Besotes.