25 septiembre 2011

Alegría. El club de los baúles

La llamábamos Alegría. Estaba tan acostumbrada a tal apodo que ni recordaba cuál era su verdadero nombre. Su sencillez rallaba en lo pueril, pero era una chica encantadora, siempre optimista y con una risa de esas contagiosas que eliminan de cuajo la peor de las tristezas. Su aspecto frágil le confería aspecto de niña. Solía vestir vestidos vaporosos de finos tirantes, incluso en invierno, casi siempre blancos, porque decía que el blanco era un lienzo aún por pintar y ello le ayudaba a soñar, y porque la gasa de aquellos vestidos agitados por el viento, la hacía volar como si viajase en una nube, haciéndole cosquillas en las piernas.
elene usdin1Siempre sonriente y dispuesta a ver la vida bajo el prisma de color rosa, con su presencia iluminaba la más tenebrosa de las grutas, aunque nunca fue consciente de tal don y restaba importancia a los elogios dirigidos a ella y que la hacían agachar la cabeza un tanto incómoda, por esa muestra inesperada de atención. Adoraba las flores, los animales y los cuentos, y no se cansaba de decir que cuando más soñaba era estando despierta. 

Su rincón favorito de la casa era el viejo desván. Allí entre polvo y trastos inútiles, un día me rebeló su secreto: en el interior de cada uno de los viejos baúles desperdigados en aquel lugar, guardaba sus pensamientos y sueños.
Siempre la consideré un hada… un espíritu libre. Desde el preciso momento en que me enseñó aquellos cofres, una vocecilla dentro de mí me la recuerda a cada instante. Pronto yo comencé a tener también mi propia colección de baúles, sólo que en cada uno de ellos únicamente guardo poemas y cartas de amor para ella. Son muchos los años que hace que no nos vemos, pero todos mis arcones llevan nombre de flor o título de cuento, y en el fondo de cada uno de ellos hay una pequeña bolsita que encierra un deseo, un beso para ella o polvos mágicos. Llevo acumulados más de diez mil papeles entre poemas y cartas, y presiento que me quedan otros tantos por escribirla, porque gracias a ella, he aprendido a soñar despierto y a valorar cada segundo como si fuera el último. Por ella he comprendido que la magia mueve montañas.

Supongo que lo suyo era una maravillosa enfermedad contagiosa, porque a pesar de todo el tiempo transcurrido, no he perdido la esperanza de volver a encontrarla, y sé que sabré reconocerla.

1 comentario:

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Éste es un relato más para el foro nuncajamasiano. En este caso a partir de la imagen que lo acompaña. No es gran cosa, pero dado que hace tiempo que no escribo apenas nada... me daré por satisfecha.

Un abrazo.