13 septiembre 2011

TE PIDO SÓLO UN FAVOR: SED FELICES (PARA EL 20º RETO GENERAL)


Cuando esa tarde de viernes miré en mis bolsillos y no encontré más que la triste tela y un agujero, comprendí que a mi vida había llegado definitivamente el tiempo de estrecheces y penurias, de llantos contenidos ante los míos para llorar auténticos mares a solas.

Ni los chistes de Mario me hicieron sonreír aquella tarde. Recordé con cierta nostalgia el anuncio de una conocida marca de cerveza, donde se hablaba de los buenos amigos, los de la cuadrilla de toda la vida, que cedían una parte de su cerveza al amigo en paro. Era un anuncio que tocaba la fibra sensible, un buen reclamo publicitario, sin duda; pero uno jamás piensa que le pueda tocar a él, estar en esa cuerda floja.

Esa tarde volví a casa andando (hacía tiempo que no me podía permitir otra cosa), cabizbajo y descorazonado, sumido en mis propios pensamientos y sin reparar en la insistente lluvia que hacía al resto correr como posesos en busca de algún refugio, en una cafetería cercana o alguna tienda, mientras yo seguía a mi propio ritmo, como si mi corazón ya no bombease con suficiente fuerza a mis treinta y pocos años. Al llegar a casa, no hubo beso de buenas noches a mi mujer y mi lado de la cama resultaba frío como un puñal; no tanto por mis ropas empapadas, sino por la certeza del duro mañana que acechaba entre las sombras a nuestra familia. Unas sombras de las que yo quería proteger a los míos, pero para las que no contaba con lanza ni armadura, aunque sí con una hipoteca y un préstamo personal.

No recuerdo nada más de ese fin de semana, salvo las pesadillas y las mentiras vergonzantes que iba encadenando una tras otra para reducir gastos en comida, gastos en calzado, diversión y en tantas otras cosas. Sentí rencor hacia mí mismo, hacia mi poco temperamento, hacia nuestra falta de previsión.

La mañana del lunes, el primero en paro, fue una auténtica farsa. Me duché y desayuné, fingiendo que mi rutina era la de siempre. Incluso fingí desapasionamiento en el beso que di a Nora esa mañana, cuando en realidad mis labios luchaban por aferrarse a los suyos como el ahogado que resucita tras la maniobra del boca a boca. Por momentos temí que la congoja que atenazaba mi corazón rebelase a ella y a los niños mi calvario... nuestro calvario compartido, pero callé como un muerto. Supongo que en el fondo era eso lo que yo era en aquel instante; un muerto que no ha asumido su propio deceso o lo que es peor aún, un vivo que quiere morirse porque no ve salida a su situación. Estuve varias horas en la cola del paro y en cada cara creí ver una historia. A veces eran similares a la mía: hombre exitoso que deja de ser válido para su empresa de la noche a la mañana, porque ya no es productivo; en otras veía no al padre o a la madre que como yo engrosaba esa degradante fila de apestados, sino a los niños y ancianos que dependían de su subsidio. Envidié al pobre muchacho que llevaba el pesado y maltrecho carro de la compra repleto de publicidad para ganar cuatro duros mal contados. Fue una mañana demasiado larga...

Una vez en la calle, anduve de lado a lado sin ver ni oír nada de lo que acontecía a mi alrededor. Inmerso en una burbuja de irrealidad y frustración. Y sobre todo pené mucho, caminé otro tanto y llamé a tantas puertas como viejos favores importantes había hecho a lo largo de mi vida. No hubo suerte esa mañana.

Pero aún no había tocado fondo, no tan pronto, no a la primera de cambio. Ese deambular se repitió día tras día, durante meses, hasta que la verdad salió a la luz entre tanta mentira, porque los recibos no se pagaban a tiempo. Y el golpe que tomé por definitivo, sobrevino meses después cuando la orden de desahucio hizo trizas nuestra pequeña familia, para entonces el declive ya se notaba en nuestros cuerpos, mucho más delgados y enfermizos. A plena luz del día, una mañana de un trece de septiembre del dos mil once, la noche se abalanzó sobre nosotros: de ser cuatro pasamos a ser tres y uno. Vosotros con vuestros padres, yo por mi lado. Pero ni ése fue el final. La fina línea del abismo se convirtió en un microscópico punto, y empecé a mirar los puentes ya no como ese lugar donde citarse o como ese monumento que visitan miles de turistas, sino como en un hogar, al igual que tantos infelices y desharrapados lo habían venido haciendo antes que yo. Jamás creemos que nosotros podemos ser uno de ellos el día menos pensado, mañana mismo, sin ir más lejos. Y ese mañana ya es hoy. Y tenemos a nuestro cargo la bendita cruz de nuestros hijos, almas inocentes que no merecen vivir en la indigencia, cuando hasta ahora no se les ha negado ni un caramelo, ni una chuchería. Pero para mí, entonces, ya no había un nosotros, sino un yo borroso, maloliente y sobre todo dolido. Enfadado con los Indignados, indignado con los inconformistas y los enfadados. Cansado... muy cansado.

Y es hoy, tras tantos años sin verte, sin hablarte, sin acariciarte, cuando este mismo cuerpo triste, te pide perdón por no haber sido capaz de cumplir su promesa hecha en el altar. No la de la parte en que se habla de la muerte, sino la de la riqueza y la pobreza. Debí haberte advertido antes, de lo que estaba sucediendo. Me hubiese gustado veros a ti y a los niños, pero comprendo tus negativas y no te culpo. Te pido sólo un favor: sed felices.




 




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1 comentario:

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

El amor, siempre debería ser así.. si de verdad se quiere a alguien hay que ser suficientemente generoso como para dejarlo marchar cuando ya no se sienta a gusto con nosotros.

Besotes a todos.