04 octubre 2011

EL MANOJO DE LAS SIETE LLAVES






Se arrastraba con dificultad por los pasillos de la casa y a cada paso las maderas crujían bajo sus pies. 


Tan viejo como las paredes de aquella vieja mansión y con una joroba tan grande como dos cabezas, se empeñaba en correr tan rápido como su pierna izquierda poliomelítica se lo permitía. Tarea inútil, desde luego. Manchas de sífilis marcaban su cara y el vitiligo en sus manos era acuciante. Parecía un ser fuera de lugar. Un execrable capricho de la naturaleza que debía permanecer alejado de la mirada inquisidora de ojos extraños. Nunca sentí repulsa hacia él, si acaso compasión.

Vivía allí desde tiempos inmemoriales y se decía que siempre había estado en aquel lugar, mucho antes incluso de que el primero de los varones de nuestra poderosa familia Vázquez decidiera edificar aquel bastión. Como si esperase la llegada de alguien...

Le recuerdo siempre con su melena rala y sudada, echando espumarajos por la boca a cada gruñido que lanzaba, pues era incapaz de hablar más de dos palabras seguidas. Vestido invariablemente con una mugrienta chaqueta gris, acostumbraba a llevar en su mano derecha o en alguno de los dos bolsillos de su inseparable chaqueta, un manojo de llaves. Siete en total según supe años más tarde, pero que nunca le vi usarlas para abrir puerta o candado alguno.

Siempre despertó mi interés ese llavero y a menudo provocaba al infeliz Fito (así le llamábamos), para que saliese a mi encuentro durante los juegos, y tener así la oportunidad de contemplar por un instante aquellas llaves que a mi parecer estaban embrujadas.

Soy consciente de que todo aquello no eran más que chiquilladas y desde fuera podrían parecer bromas crueles, pero a mi modo yo le quería. Supongo que a todos nos sucedía lo mismo. Sólo en el semblante de Clara, la menor de mis hermanas (yo era el único hijo varón de los siete) se dibujaba una mueca de asco cada vez que se cruzaba con él. Yo creo que en el fondo el pobre hombre le inspiraba miedo, siempre había sido la más impresionable de nosotros. 

Aunque tarde o temprano la muerte siempre sale al encuentro de cada uno, no puedo evitar pensar que en nuestro caso la muerte nos golpeó a edad muy temprana: primero una fatal caída arrebató la vida a la frágil y enfermiza, Clara; el año siguiente unas fiebres se llevaron a Gloria, la mayor de los hermanos; y en pocos meses fueron Francisca y Teresa, las gemelas, un año menores que yo las que las siguieron a la tumba. Recuerdo como en un sueño velado, los entierros de cada una de ellas en el panteón familiar. Ceremonias sencillas que no impidieron el rumor por todo el pueblo, de una maldición en nuestra familia. Con varios meses de diferencia, el cielo pareció ponerse de acuerdo para abrirse en canal y acoger a aquellas víctimas inocentes, descendientes de Adán y Eva, con una desquiciante lluvia. El ruido de las gotas golpeando los blancos y pequeños ataudes me produce aún escalofríos. Mi madre no volvió a ser la misma desde entonces. Viuda desde la guerra, pasó de ser una mujer enérgica a ser una mujer asustadiza como un cervatillo. La casa se resintió de aquel cambio y la lección fue demasiado dura para todos: yo, un simple niño de apenas nueve años, comencé a llevar todo el peso de las finanzas y tierras. Mi madre, Leonor, pedestal y columna vertebral de la familia y de aquel hogar, poco a poco se fue apagando. Y así me vi obligado a madurar cuando todavía tenía edad para jugar a piratas. Hablaba y negociaba con comerciantes o el capataz y todo tipo de hombres de negocios, con la naturalidad de un hombre, mientras en el fondo de mi corazón durante las noches, albergaba en secreto la perentoria esperanza de descubrir el misterio de aquellas llaves.

No fue hasta varias décadas después, cuando la casualidad vino a revelarme tal secreto. Para entonces, yo ya era un hombre hecho y derecho. Terrateniente de varias de las fincas más prósperas de toda la provincia. Un hombre con fama de huraño y déspota, solo en el mundo (progresivamente cada miembro de mi familia había sido llamado a la diestra del señor), que vivía obsesionado por cuatro temas: la longevidad de uno de sus sirvientes; las múltiples y prontas muertes de sus seres más allegados; la prosperidad de sus negocios y tierras; y un peculiar manojo de llaves doradas que el más anciano de sus sirvientes siempre portaba consigo. Pues bien, como digo, fue la casualidad la que puso en mis manos la ocasión de descubrir la razón de aquel manojo. 

Una tarde, tras regresar de mis tierras del norte, al finalizar la primera siega, Eugenia, la cocinera, me indicó que Fito había marchado a primera hora de la mañana y aún no había regresado. También me dijo que antes de marcharse había dejado una carta en mi alcoba. Aquello me inquietó: jamás en todos los años que había estado a nuestro servicio, Fito, había osado alejarse de nuestra propiedad. Tanto me impresionó aquel hecho, que no fue hasta que por mí mismo vi sobre el escritorio de mi habitación la carta del mayordomo y jardinero, cuando salí de mi letargo. 

Era un sobre amarillento y pesado. De su interior salía un leve tintineo que puso mis sentidos alerta. Rasgué con premura el sobre y cogí nervioso el manojo. Tan sólo quedaba una llave en él. Cuando al comienzo eran siete las que lo completaban, según palabras del huido Fito. Junto a ellas, una carta de despedida (donde se mencionaba claramente que en un comienzo eran siete las llaves), y una escueta nota que rezaba: "Siete llaves cierran el círculo. Una por cada vástago. Todas complementarias, pero diferentes. Forjadas con metal especial, representan siete vidas. La última en caer, será la del único de los siete hijos de esta casa que sobreviva eternamente; y la primera en hacerlo, será la de la más débil, la única que de verdad tenga la suficiente inteligencia e intuición para saber del nexo invisible que une su vida con  el frío metal. Cuando sólo quede una llave, habrá finalizado la misión del cancerbero".








Si te gusta lo que lees aquí, disfrútalo por favor desde el blog, pero no lo copies. Puedes leer más escritos míos en mi otra bitácora: www.mimundomiburbuja.blogspot.com Respeta mi propiedad intelectual. Gracias.

5 comentarios:

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Necesitaba escribir y en esta ocasión lo he hecho a partir de una imagen. La tenéis en el foro de Nuncajamás y esperamos buenas historias a partir de ella o las otras imágenes que por allí hay. En fin, quizá el desenlace es un poco forzado o brusco, pero mi pretensión era la de crear cierta atmósfera de misterio.

En fin, un besote a todos.

Sara dijo...

Maravillosa historia, Sechat, me ha encantado la nota final. Un broche inmejorable para el relato.

Esther dijo...

Pues lo has logrado, Sechat. Además es mágico. Muy chulo :)

P.D: tuve cierto problema en mi blog y tuve que cambiar la plantilla. Perdí los botones de El cuentacuentos y del foro. Creo que podría recuperarlos pero, aún no lo he intentado. A ver si algún día de estos... xD Soy una vaga xD

Bona nit :)

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Gracias, Sara, lo de la nota se me ocurrió al final... porque no sabía muy bien cómo cerrar el relato. Al menos a ti te ha gustado y eso significa que ha conseguido su función.

Besotes.

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Gracias, Esther, espero verte por el foro a ver si nos deleitas con alguno de tus escritos. Un besote.