27 abril 2012

Para el 24º reto general del Foro de Nuncajamás

 

Hell, no nos lo ponía fácil esta vez. Para este reto nos pedía que usásemos como referencia a nuestro autor favorito, pero en un momento de decadencia y que pusiéramos por título alguno de los títulos de sus obras. Máximo 1500 palabras.

Yo, el mío lo he escrito desde el respeto, dejándome llevar por el desgarro de la muerte de la esposa de mi protagonista, pero afortunadamente aunque le sobrevino una profunda depresión, no llegó a vivir ese trágico momento como yo lo expongo aquí. Este suceso es ficticio, ¿de acuerdo?

Por cierto, aún se puede participar hasta el día 6, hay margen. ¿Os animáis? No dejéis de pasaros por www.abracadabra-nuncajamas.com

 

Señora de rojo sobre fondo gris

22 de noviembre de 1974

Él mismo la amortaja. No quiere que esas odiosas arpías que se visten de plañideras la toquen con sus enojosos gestos, como si se tratase de una muñeca de trapo. Ángeles no merece ese trato. Tampoco quiere crucifijos en la cabecera de la cama donde la velará día y noche hasta que la muerte le reclame a él también. En lugar de las imágenes religiosas empleadas en esos casos, la pared está presidida por el retrato que tantas veces ha contemplado con ella. Ése en que aparece vestida de rojo.

«Es una chifladura», le han acusado los vecinos.

Un tenue rayo de luna penetra por los ventanales. Se niega a correr las cortinas como se acostumbra a hacer en el pueblo durante los velatorios, pues Ángeles adora el cielo nocturno. Tampoco se aviene a razones cuando le insisten en que ha de vestirla de negro.

«Ella querría llevar su vestido rojo, estúpidos grajos.», quisiera gritarlas.

—¡De negro jamás, alcahuetas!— las ataja inflexible.

El cura media entre ambas partes para que no llegue la sangre al río, pero no logra que el viudo deponga su terca actitud. Comprende que el dolor le impulse a no medir sus palabras.

Huele a muerte en la habitación, quizá la gloria, encendida durante toda la tarde, contribuya a ese pútrido olor que todo lo impregna, por más que él sea incapaz de sentir calor. Las velas enrarecen aún más el ambiente y dibujan turbadoras sombras sobre suelo, paredes y muebles; la cera escurre hasta la tarima de madera. Al contemplar la escena, desde su rincón, junto a su querida esposa, no puede evitar sentirse desgarrado.

«Yo sé que sólo estás dormida, mi amor.», intenta convencerse.

Fuera comienza a nevar. El frío se le mete hasta los huesos, pero esa sensación le hace comprender que sigue injustamente vivo, más lejos de ella que nunca por su reciente y pesada condición de viudedad.

De fondo se oye el aburrido y poco conmovedor soniquete de las beatonas rezando El rosario al ritmo de los cincuenta misterios girando en sus dedos, La salve o El padre nuestro. Más al fondo se escucha el avance de las agujas del reloj de pared que preside la sala. Pronto sonarán las diez.

A las diez en punto, coincidiendo con la última de las campanadas del maravilloso reloj de cuco, las devotas que le han mortificado durante horas con su falsa devoción piadosa, se levantan y desfilan por la puerta, cumplida ya su misión de santurronas profesionales.

El cura quiere quedarse un poco más y le anima a confesar sus pecados, pero Miguel no cede, y le echa sin miramientos. A continuación cierra la puerta principal con llave. Quiere estar a solas con ella. Dormir con ella por última vez y acariciar su rostro y labios.

A los pocos minutos de que las visitas hayan abandonado la casa, rocía la estancia con el perfume favorito de Angelita, como él la ha llamado siempre, y abre la ventana de par en par, hasta que el viento apaga la última de las velas. En el viejo tocadiscos del salón suena el lago de los cisnes, una de las piezas musicales que a ella más le han gustado desde que se conocieron.

La toma entre sus brazos y aunque los pies de ella no responden a los giros y se arrastran por el suelo, haciéndoles tropezar en cada momento, a pesar de eso él no deja de bailar y besarla. Los labios de la mujer, por supuesto, no responden. Mudos, fríos y terriblemente lívidos confirman la cruda realidad. El cuerpo fláccido de ella se bambolea como lo que es: un triste cadáver que ni el infinito cariño que él la dispensa logrará revivir.

Cae derrotado al suelo. Quisiera rezar, pero la rabia se ha apoderado de su entendimiento y sólo es capaz de proferir insultos. En la caseta del jardín sus perros de caza aúllan casi tan apenados como él.

Ha perdido la noción del tiempo. El ruido de las portillas mal sujetas del ventanal, le despeja. Se levanta fatigado, y recoloca con mimo el cuerpo frágil y helado de ella en la cama; peina con esmero sus rubios cabellos y besa con amor las pálidas manos que tan bien conoce.

La pena recorre su espinazo y le aprisiona como una marioneta que sólo expresa lo que otros quieren que manifieste. En su pecho, su corazón se retuerce protestón. Para ahogar su desconsuelo se atrinchera en el coñac. A cada trago se hunde un poco más en la oscura ciénaga que es ahora su vida. La garganta arde con el beso alcoholizante que él le brinda en cada sorbo. La botella se erige con pasmosa lascivia desde su sitio en la mesa, y le habla con el lenguaje de quien ya ha perdido la esperanza: ése que sólo los solitarios son capaces de traducir.

Tras él, uno de los tensos músculos de Angelita protesta y se mueve de su impuesta rigidez. Puede que riñéndole porque no le gusta verle tan decaído.

«Deberías escribir. Que esto no te hunda», parece decirle.

Él, enajenado, arroja con fuerza el vaso contra el maldito cuadro que tan perfecto le ha parecido siempre, pero falla. El cristal se hace añicos y sus minúsculos pedazos se dispersan por todo el ala oeste del cuarto.

Se asoma a la ventana y grita como una bestia salvaje, como una jabata que pelea por mantener a salvo sus crías ante el cazador. Chilla cada vez más alto. Embrutecido por un dolor que le lacera y le parte en dos. Los perros, responden con ladridos lastimeros.

«Debería caerme muerto», maldice y golpea con saña la mesa y todos los muebles con ayuda de la vieja silla en que hasta ahora ha permanecido sentado. La mano se le amorata y se le hincha. A continuación derrama, lo poco que aún queda en el interior de la botella, por el suelo; allí el líquido se mezcla con la nieve que penetra por la ventana. Viendo que no es suficiente se acerca hasta la despensa. De allí coge una de las garrafas de vino peleón que acostumbran a guardar para dios sabe qué. Con su contenido empapa las ropas de cama, las cortinas, el suelo y todos los papeles que hay esparcidos.

Totalmente perturbado se encamina a la cocina y del cajoncito de la mesa, ése que lleva semanas posponiendo arreglar, coge una caja repleta de cerillas. El fósforo no tiembla en sus manos cuando prende la llama. Por un instante él parece rejuvenecer ante la luz que le dispensa la pequeña antorcha. Su mujer, sentenciada a muerte por la devastadora enfermedad, permanece muda al otro lado del dormitorio. Inmutable y consumida. Insensatamente tranquila si de verdad estuviese viva, como él insiste en pensar.

Está amaneciendo, o quizá sea de día desde hace horas. Poco le importa ya eso. Enardecido, como un criminal atrapado, cierra con brusquedad la ventana. Ello parece calmarle, pero es tan sólo un espejismo. En el interior, su alma es incapaz de recobrar la ilusión. ¿Dónde ir cuando ya no te queda nada?, ¿a quién querer si tu otra mitad ya no existe? ¿Es posible mantener la fe cuando la vida te golpea de manera tan dura? Sale al pasillo y busca en uno de los muebles su escopeta de caza. La carga con rapidez, con la destreza de quien está habituado a hacerlo.

Unos golpes en la puerta de entrada, en principio suaves y a los pocos segundos más perentorios, le sacan fugazmente de su confusión. Él continúa con sus planes y desoye las voces de quienes lo reclaman. Lleva la escopeta al hombro, pero aún no ha llegado el tiempo de empuñarla.

Una nueva chispa, oscila atrevida, en la cabeza de la cerilla que apresa en su mano. La contempla ensimismado. A la espera de que ésta cumpla con lo que la muerte cobarde se niega a cumplir.

Nuevos golpes y nuevas voces. La cerilla aún encendida, escapa de su mano y cae al suelo. Las llamaradas comienzan de inmediato. Empuña orgulloso su arma y se aposta frente a la puerta de entrada. Nadie logrará separarlos nuevamente. Nadie…

2 comentarios:

Carmen Silza dijo...

Paso a saludarte despues de la ausencia, y desearte un feliz fin de semana..Un beso

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Gracias, Carmen, la verdad es que también yo ando muy desligada del mundo blogger. Besotes y buen fin de semana.