14 septiembre 2012

EL ARCHIVISTA

En verano, a modo de entrenamiento para el foro propuse escribir un relato sobre alguno de los compañeros de nuestro sitio. Tomaríamos como protagonista de nuestra historia a ese usuario. Se debía dar la circunstancia además de que fuese un compañero al que no conociéramos demasiado. Éste es mi relato y por supuesto se lo dedico a  quien le da nombre y también a Ana María Matute porque su novela de "El paraíso inhabitado" me ha inspirado en parte. Espero que os guste. 

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EL ARCHIVISTA


Me abruma el recuerdo de su figura rodeada de papelajos en aquella estancia que para otros resultaba sombría. Incluso de adulto su presencia olía a infancia, con ese característico aroma que se encierra en las aulas de cualquier colegio, como si en el fondo él aún no hubiera renunciado a esa parte de sí mismo que otros procuramos enterrar lo antes posible. Todo él era inocencia y entusiasmo, aunque su exceso de energía lo entregó deliberadamente a abstraer su mente con los más variados saberes del mundo. Y solo yo le conocí lo suficiente como para descubrirlo.
Solitario y enigmático, reservado, y puede que un poco huraño, guardaba sus mejores sonrisas para el hallazgo de algún nuevo libro, ilustración o poema. Siempre resultó un loco encantador, de esos que no inspiran miedo, sino ternura. No sabía desenvolverse en sociedad, andaba tan ensimismado con sus pensamientos que las palabras se le trababan en la garganta y le hacían parecer torpe y asustadizo. Su colosal figura, resultaba cómica y semejaba la de un gigante encerrado en el interior de la cáscara de un insignificante huevo de gallina. Pero no era en absoluto medroso, aunque recelaba de platicar con los demás tenía un corazón de oro y talento para hacer reír o despertar a la compasión. Virtudes, estas, con las que no todo el mundo cuenta.
Niño grande antes de tiempo, anciano prematuro por las pronunciadas ojeras bordeando sus ojos, y sus modales anticuados, era de esa clase de personas que persiguen sus sueños hasta el final. Ignorando que a menudo esos sueños son del todo inalcanzables y obligan a renunciar por el camino a otro tipo de quimeras más prosaicas. Su mirada, severa a veces, reprobaba con la misma rudeza que una bofetada; otras en cambio era tan serena y afectuosa que impulsaba a apresarle en un abrazo interminable.
Desde niños en el colegio, nos lo presentaban como el bibliotecario, pero entre los alumnos se le conocía como el archivista.
Yo visitaba la biblioteca a menudo. A veces por mis obligaciones estudiantiles y otras por afición, o eso creía entonces. Solo ahora soy consciente de que iba a allí por él. Me gustaba mirarle. Escondiendo mi curiosidad tras las tapas de algún grueso tomo y fingiendo tomar apuntes, me desvivía por encontrar en sus ojos esa chispa de magia que tienen los genios. Mi vida en aquellos años viajaba imperturbable a través del vórtice hormonal de la pubertad y mi esperanza ciega trataba en vano de hallar unicornios y príncipes azules. Me sentía unida a él, a aquel hombre joven, solitario y taciturno, por el extraño vínculo de los que son distintos y no se sienten comprendidos: en un bucle eterno de adaptación del que el mismísimo Darwin hubiera desconfiado. Así transcurrieron mis primeros años.
Incluso más tarde, ya en la universidad, busqué la manera de mantenerme cerca. Ningún archivo o biblioteca me resultaba tan familiar y a la vez tan atractivo como aquel lugar. Conseguir aquel puesto de maestra en el mismo colegio que tan gratos recuerdos me inspiraba, fue un milagroso regalo. Lástima de aquella reforma… desde entonces mi silencioso héroe ya no fue el mismo, como imagino que yo tampoco. En cuestión de dos trimestres el tiempo se echó a sus espaldas y apagó en él toda la magia que yo había adivinado. Dolía verle sufrir de aquel modo y no reunir el valor para abrazarle. Llegué a temer por su vida. Sin saber que él ya se sentía muerto, recluido en aquel imponente palacio de cristal que ahora llamábamos biblioteca y que ninguno de los dos reconocíamos. «Barrotes de cristal», repetía una y otra vez con voz temblorosa al borde del llanto, cuando creía que nadie le escuchaba. «Sí, barrotes de cristal», le respondía yo mentalmente, desolada por su tristeza. Así fue cada día durante demasiado tiempo, hasta que por fin reaccioné por los dos.
También yo echaba de menos los estrechos pasillos y las crujientes maderas del suelo; las imponentes baldas repletas de libros o cajas; el tradicional mostrador de madera envejecida; las sinuosas escaleras de caracol que llevaban a la planta superior o a las catacumbas (como solíamos llamar la planta baja, donde se conservaban los ejemplares más antiguos, valiosos o delicados de aquel colegio de élite), y recuperé todo aquello para ambos. La pintura siempre había sido otra de mis grandes pasiones, así que me dejé llevar por la marea de sentimientos y los recuerdos despertaron mis dedos y pinceles. Aquello se convirtió en una especie de juego secreto: yo aprovechaba a dejar en su impoluta mesa de frío mármol blanco una pista, encubierta en forma de petición de un libro, y  justo desde el hueco de la estantería donde debería encontrar ese volumen, uno de mis dibujos le saludaba desde ese nostálgico pasado iluminando su rostro con una agradecida sonrisa. A menudo solo se trataba de bocetos hechos en carboncillo que al principio él guardaba amorosamente en uno de los cajones de su mostrador; después él cambió la estrategia y me devolvía las notas con una contestación siempre en forma de pregunta. Cuando yo regresaba a ese punto de la biblioteca recuperaba mi dibujo en blanco y negro, pero un poco cambiado: en él manos habilidosas resucitaban los colores de los mismos sitios por los que había paseado en mi adolescencia; en cada rincón del dibujo se percibía el cariño con que los colores besaban los límites de la hoja. Al contemplaros la sensación era la de viajar al pasado o atravesar un espejo. Mi corazón bombeaba con fuerza, haciéndome suspirar.
Aquel juego se mantuvo durante meses, pero un día se interrumpió de forma brusca. Tras una de mis clases, la última antes del recreo, corrí derecha a la biblioteca. Llevaba conmigo uno de mis mejores dibujos. Era la primera vez que me atrevía a retratar a alguien y quería regalárselo. Encontré la puerta cerrada. Un cartel con grandes letras negras anunciaba el motivo: enfermedad. La palabra y su contundente significado me pillaron por sorpresa, y me quedé sin aliento. El aire no llegaba a mis pulmones y sufrí un desmayo. Desperté en la enfermería. Isabel, la rolliza enfermera responsable de nuestro modesto cuarto de socorro, me recibió con una sonrisa, mientras se ponía en pie y se alejaba por unos instantes hacia otro rincón de la estancia. Miré a mi alrededor contrariada, tratando de encontrar explicación a lo que me había sucedido, pero sobre todo impaciente por escapar de allí cuanto antes y averiguar qué había sido de mi querido Ricardo (llamarle archivista me resultaba demasiado frío, y en privado yo pensaba en él con ese nombre por Ricardo Corazón de León, el primero de los personajes que conocí gracias a su ayuda y sobre el que hice un trabajo que me hizo ganar uno de mis primeros sobresalientes).
La estancia, recubierta con pequeñas baldosas blancas en suelo y paredes simulaba a la perfección un hospital. Isabel había atravesado el umbral a través de una puerta que había dejado entreabierta. Ello me permitió descubrir al amor de mi vida postrado en una cama. Tenía muy mal aspecto. Me asusté. Quise llamarle, pero resultaba ridículo, incluso ofensivo vocear en aquellas circunstancias, llamando a alguien de quien ni siquiera sabía el verdadero nombre. Decidí esperar hasta que Isabel se acercara de nuevo a mi cama y me diera el alta. No hubo suerte. Ignorando mi congoja, lo achacó todo al estrés y me recomendó al menos un par de días de reposo. Por más que protesté, ella porfió en su consejo. Su diagnóstico fue como una puñalada, pero lo que más me dolía era sentir el respirar fatigoso de mi querido y fiero león, que ahora se me antojaba un desvalido gatito. Era un dolor que quemaba, partía de mi estómago hacia mi pecho y se quedaba allí durante horas, como si un extraño veneno se difundiera desde mi tripa hasta mi corazón. Pensé en manzanas, en sabrosas manzanas rojas envenenadas por brujas y comidas por princesas. Solo el beso de un príncipe rompería el hechizo. Solo que mi príncipe yacía más muerto que vivo a escasos pasos de mí. Tenía que decírselo: él era el amor de mi vida, mucho más que los libros, por encima de todo y de todos. Él era el príncipe sin trono que yo siempre había estado esperando. En algún momento los calmantes surtieron efecto y me dormí. Me desperté hacia las dos de la madrugada. Oí las pisadas de Isabel que se acercaba a velar mis sueños. Fingí estar dormida. Cuando se alejó salté de mi cama y corrí hacia la habitación donde estaba él. Las lágrimas me avisaron antes que nada… había llegado demasiado tarde. Mi Ricardo, mi corazón, mi león estaba muerto. Lo supe porque ya no olía a niños encerrados en un aula. Me agarré a su cuello desesperada, comiéndole a besos tratando de revivirle. Así es como descubrí que los besos de cuento solo funcionan cuando es el príncipe quien los da y no la princesa. En su pecho, sus manos enlazadas aferraban con fuerza una cuartilla de papel, a pesar de todo quise saber qué escondía. Sentí que mis ojos sangraban: desde el papel mi retrato me miraba con una estúpida sonrisa, en la parte inferior de la hoja una escueta despedida: «Hasta siempre, princesa» y mi alma se resquebrajó definitivamente cuando vi justo debajo la firma: «Ricardo, el archivista.»







Si te gusta lo que lees aquí, disfrútalo por favor desde el blog, pero no lo copies. Puedes leer más escritos míos en mi otra bitácora: www.mimundomiburbuja.blogspot.com Respeta mi propiedad intelectual. Gracias.

6 comentarios:

Ramón María Vadillo dijo...

Me impresiona el alto nivel de descripción en todo el texto. Buen trabajo amiga mía.

Muxu bat

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

¿Eso es bueno o es malo, Montxu? No me queda muy claro je, je.

Musutxo handi bat zuretzat ere.

david mopo dijo...

Me ha gustado mucho reb,totalmente de acuerdo con el sr. Ramon.
Me he sentido dentro del relato y protagonista femenina por un dia.
Espero con ansia la seguda parte.
T doy el pie...Una densa niebla color verde dominaba el valle,mis ojos no daban credito,en campo santo, los difuntos cobraban vida,y entre tanto gul, pude vislumbrar a mi querido ricardo, su aspecto a todas luces mejorable no ofrecia dudas, era el, llevaba su inseparable ejemplar del necronomicon....se acercaba a mi como si no hubieran pasado 3 dias desde el entierro en el que tantas lagrimas verti...como buena cinefila y a pesar del cariño que le profesaba, sabia que tenia que reventarle la tapa de los sesos...
Con estos renglones tendras para la segunda parte?¿

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Gracias, David. Por lo que veo la cabra tira al monte je, je. Siento decirte que no hay segunda parte y que al menos con estos personajes no podría aprovechar el maravilloso pie que me has dado. Te voy a hacer una proposición y me gustaría que te lo planteases en serio o.k? ¿Por qué no pruebas a escribir? Imaginación te sobra al igual que humor. Te pega el pulp y puede que también el sci-fi. Estoy hablándote en serio como amiga. ¿Lo intentarás?

Esther dijo...

A mí también me llama la atención la profundidad de descripción del texto. Me gustó mucho. Es una bonita historia, aunque muy triste :((( Me gustan esas historias de amor, esos fuertes amores, pero, mejor que estén juntos para siempre. A veces, no puede ser :(

Un saludito :)

Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄ƷSechatƸ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ dijo...

Gracias, Esther. Hay amores que por difíciles marcan mucho más que un amor sin tropiezos. Supongo que el de esta historia es uno de los primeros je, je.

Besotes.