23 enero 2013

EL RIGOR DE LA MAR

 
Bueno, para el último reto general Víctor nos pedía que escribiésemos una historia sobre ultramar… Ésta es la mía.

En una familia con varias generaciones de disciplinados y rudos marineros, nacer con alma de soñador no es bien acogido. Si el día en que vine al mundo la decepción se reflejó en el rostro cansado de mi madre (ella siempre anheló una niña), años después ese mismo sentimiento se grabó a fuego en la adusta piel de un padre demasiado severo, incapaz de perseguir sus propios sueños.

Desde bien pequeño conocí qué es la desaprobación. Mi padre, capitán de un modesto pesquero, se esforzaba por inculcarme el espíritu aventurero que decía tener, ese mismo coraje que su padre le había transferido y del que alardeaba a cada momento. Para ello me llevaba consigo en cuanto comenzaba la temporada de pesca. Allí pasábamos varias semanas, incluso meses antes de volver a tierra. Acostumbrado a tratar con hombres de mar, el papel de padre siempre le vino grande. Ese supuesto valor, que nadie más que él reconocía en sí mismo, era tan frágil como el amor en su matrimonio. Mentiroso y mujeriego, truhán y bebedor se refocilaba con cualquier hembra de carnes magras o generosas, tanto le daba. Para él cualquier mujer valía en la cama más que la suya propia. A decir verdad, a más pechugona más rumbosa. Lección dura la que aprendí en ultramar: tuve tantas madres como putas calentaron su catre.

Es curiosa la imagen de honor que se viene a la cabeza cuando uno piensa en los lobos de mar. Ernesto, ese padre vividor que nunca me brindó un verdadero abrazo, consiguió, con su actitud desdeñosa y su falsa máscara de esposo abnegado en tierra y brioso trabajador en el agua, que odiara de plano aquel mundo. Fingía ser libre, pero era esclavo de sus bajos instintos y del yugo de una arraigada tradición, pero nunca me inspiró lástima. De sobra sé que no todos los marinos son de su calaña. Difícil ser de tan baja ralea, y vergonzosa herencia es la de pertenecer a su estirpe.

Yo mismo tuve oportunidad de presenciar, escondido en un armario mientras jugaba con brújulas, sextantes y mis inseparables cuadernos: supuestos diarios de navegación, regalos de mi padre para contentar su deseo de que la costumbre familiar siguiera su curso, cómo durante una de sus palizas aquella bestia acababa con mi madre. Yo tan solo tenía ocho años, pero la herida de la cobardía por no impedir aquel final es algo que arrastraré de por vida. Fue entonces cuando decidí que sería escritor para evadirme del maltrato y del frío de la mar, para convertirme en gorrión o en habitante de la luna, para renegar de un legado que jamás he sentido como mío. Confieso que me hubiera sido de alivio descubrir que la sangre que corre por mis venas no tiene nada que ver con la del hombre que reza como mi padre en mi partida de nacimiento. Pero eso sería sólo fruto de mi imaginación desbordante, como ya mencioné al principio de esta historia: nací con alma de soñador.




1 comentario:

Victor Mazinguer dijo...

Un texto increíble, una forma de expresar y narrar sublime. Al lado de este gran texto mis relatos y versos son simples bocetos creados en la oscuridad que crea la ignorancia.
Las palabras se tornaban imágenes, olores y los sonidos llegan a mis oídos mientras leía cada una de tus frases.
No conocía este Blog, pero sin duda lo visitaré a menudo.
Te dejo la dirección de mi blog por si quieres echarle un vistazo o comentar alguno de mis relatos http://thelostsilence.blogspot.com.es/

Seguiré tu blog.

Un saludo y un abrazo