11 octubre 2013

EN EL TRIGÉSIMO CUARTO RETO GENERAL DE NUNCAJAMÁS


Mequinenza, 12 de diciembre de 1938

Querida señorita Susana:

Mi nombre es Manuel Mora Valiente y quisiera con estas líneas expresarle mis condolencias por la repentina muerte de su hermano en el frente. Ruego disculpe mi atrevimiento por tal familiaridad con usted cuando ni siquiera nos conocemos. Pero ha de comprender, señorita, que si me tomo tal libertad, se debe al deseo expreso de su hermano de que la protegiese si a él le sucedía algo. Hemos sido compañeros de batallón, y en las trincheras, bajo el fuego cruzado, el hecho de compartir un paquete de cigarrillos convierte en amigos de por vida. 

Fernando era mi sargento, y como mi superior le debía respeto, pero en la guerra hay cosas que unen más que la mera sumisión a unos galones. La mayoría lo conocemos como miedo. No se angustie usted por mi franqueza, señorita, pues si me sincero de este modo es para hacerle ver lo mucho que apreciaba a su hermano y lo afligido que me encuentro desde su trágica marcha. A menudo, durante las guardias o las largas esperas entre refriega y refriega, confesábamos abiertamente temores, inquietudes y sobre todo sueños. No hubo fecha en que su hermano no tuviera una sonrisa al hablar de usted o un pensamiento que volase fugaz sin ser expresado en voz alta y dibujase en su rostro esa inconfundible mueca de felicidad. Vi tantas veces ese gozo en su rostro que mucho antes de que él me lo pidiese, desde lo más profundo de mi corazón, yo ya me había convertido en un hermano para usted. Sí, puede sonar absurdo y demasiado osado, pero no es la desfachatez la que me impulsa a expresarme de este modo, sino el agradecimiento hacia su hermano por brindarme la oportunidad de hacer algo útil en la vida, aunque se deba a su cruel ausencia, honrando su memoria. La memoria de uno de los hombres más valientes de este país. Un hombre noble y aguerrido. Un hombre justo.

Nuestros destinos, el suyo de usted y el mío, se han visto unidos sin remedio y sin consuelo por este terrible revés, y es ésta una promesa repleta de dolor que pronuncié empapado de lágrimas propias y de sangre ajena. Y nada me gustaría más que él aún estuviera entre nosotros. Ojalá la metralleta que acabó con él sobre el puente que debíamos volar, tras el paso de nuestra compañía, hubiera descargado su furia beligerante sobre mi cuerpo y no sobre el de mi mejor amigo. Sepa usted que hice todo lo que estuvo en mi mano, pero las heridas eran mortales de necesidad y la asistencia médica que se le prestó allí mismo nada pudo hacer por su alma. Maldigo al soldado que se atrevió a empuñar el arma que nos lo robó, mas sepa usted que soy un hombre de palabra, y aunque el llanto me quiebre la garganta cada vez que recuerdo el ataque, cumpliré solícito con la voluntad de Fernando. Y aunque nunca pretenderé suplirle, ha de saber que pondré todo mi empeño en honrar su memoria convirtiéndome en otro hermano para usted. Y si usted no me aceptara como tal, sepa ver en mí a un amigo leal, rendido a sus pies con el virtuoso anhelo de verla feliz. Fernando así me lo pidió y le prometo que yo no ambicionaré otro fin que el de verla formar una familia, tal y como él pretendía para usted.

Quiera Dios que pronto pueda salir de este hospital de campaña, y cumplir así con mi parte, para que ambos nos sostengamos mutuamente y enfrentemos este cruel varapalo. Sé que desde el cielo, Fernando, nos velará.
Con todo respeto y admiración, quedo a su entera voluntad.
MANUEL MORA VALIENTE








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